Jueves 17 de Septiembre de 2009 06:44
- Escrito por Lucía Solís Tolosa
Se usa poco ya escribir cartas. La tecnología ha facilitado las comunicaciones de una forma impensada hasta hace una generación atrás. En cambio, nos priva, y sobre todo privará a quienes vienen detrás de nosotros, de esos documentos tan valiosos que son las cartas privadas. Ellas reflejan la vida cotidiana de las personas, los acontecimientos, las trayectorias familiares, de una manera que ningún libro de sociología o economía, o de cualquier otra disciplina, puede hacerlo. Aportan la perspectiva particular sobre hechos públicos, y proporcionan elementos para comprender la psicología de quien escribe, a veces del destinatario, y la mentalidad reinante en el ambiente.
Son tanto más valiosas cuando están reunidas en un conjunto. No porque sumen datos, sino porque permiten establecer relaciones y descubrir significados que una sola pieza, por sí sola, no suele bridar.
El epistolario de Gregoria Beeche de García, que abarca casi veinte años de 1848 a 1867, estaba en poder de uno de sus descendientes, el embajador Nicolás García Pinto. Gabino Ojeda Uriburu tuvo a su cargo la recopilación de la valiosa colección, que implica la tarea de ordenar, transcribir, agregar notas para el lector no familiarizado con términos locales. También redactó la introducción con datos biográficos de Gregoria y su familia, y con información histórica que permite contextualizar los acontecimientos relatados o aludidos en las cartas. La Fundación Nicolás García Uriburu editó el trabajo.
En el esfuerzo concurren los dos troncos familiares a que dieron origen los hijos varones de Gregoria: el de Sergio, que casó con Manuela Uriburu Arenales, es García Uriburu; el de Adolfo, casado con su prima Luisa de Tezanos Pinto Beeche, que es el de los García Pinto.
Gregoria quedó viuda muy joven y con sus tres hijos muy pequeños, cuando residía en Copiapó con su esposo, Nicolás García Villacorta, empresario de La Rioja. Se mudó a Sucre donde vivía su madre como otros numerosos emigrados unitarios; se dedicó al comercio. Poco después de asumir el general Manuel Isidoro Belzú la presidencia de Bolivia, Gregoria vuelve a Salta de visita y resuelve quedarse a vivir allí. Sergio, con sólo diecisiete años había emigrado a Cobija; trabajaba en una importante casa de comercio. Unos años después también Adolfo emigrará y trabajará en Copiapó. Con el tiempo, ambos aprovecharán la formación adquirida y se independizarán.
Las cartas llevan a los jóvenes noticias de la familia y los amigos, de los negocios de la madre, de la marcha de un pleito por la casa de los abuelos de ella. Con escritura sencilla pero ágil y vivaz, Gregoria les cuenta detalles de la vida cotidiana, de las actividades de la hermana menor, Deidamia, de sus preocupaciones, disgustos, alegrías. Se suceden las celebraciones familiares, los nacimientos, muertes, noviazgos y casamientos con comentarios francos, críticos, reveladores de los prejuicios y la mentalidad propios de la época y de una señora de la clase principal, muy vinculada y que lucha por mantener no sólo la consideración de sus pares hacia sí y hacia sus hijos, sino una coherencia moral.
Gregoria tiene una finca en Cerrillos y disfruta enormemente cuando puede pasar una temporada en ella o en otras casas de campo de sus parientes. Relata los festejos de carnavales, en la ciudad y en el campo: juegos de agua y bailes. Año a año da cuenta de la gran celebración del Milagro. Hay referencias a otras fiestas religiosas y numerosas menciones de una piedad arraigada. Con frecuencia refiere paseos al campo con numerosos participantes que se trasladaban en galeras.
El epistolario es como un tesoro en un arcón que se va descubriendo y disfrutando página a página. Gregoria cuenta a sus hijos las fiestas que permanentemente tienen lugar; en una ocasión contó dieciocho en un mes. Algunas de ellas, fastuosas, como la que festejó la caída de Rosas: había trecientas sesenta señoras invitadas. Les detalla lo que se comió: empanadas, cabrito al horno, terneras asadas al horno, guatias, actapi, pernil. Y lo que se bebió: aloja de algarroba, néctar, vino, licores, champaña. Golosa, pondera las brevas, los duraznos, las chirimoyas, las nueces y pasas de la finca. Manda a sus hijos dulces de lima, de leche, de cuaresmillo; también, chancacas. En las reuniones de la mañana se sirve “una mesa de once”; en las de la noche, un ambigú.
Se lee esta correspondencia con tanto gusto como una buena novela. La tensión narrativa alcanza un máximo cuando los dos hermanos pretenden a la misma joven y la madre, que tanto les aconsejó prudencia y saber esperar, les deja en libertad. El que gana protagoniza un amor memorable.
Gregoria tiene una tienda con diversos géneros, entre otros telas finas, vinos y libros. Los jóvenes hacen negocios con burros, con lana, con chinchillas, con trigo. La familia invierte en un barco a vapor que navegará el Bermejo hasta Orán y que promete excelentes perspectivas. Ella tiene una mente abierta, inquieta, para nada pueblerina. Admira el progreso de Salta. Con el correr del tiempo se interesa más en la política y cuenta a sus hijos los avatares del gobierno.
El epistolario no sólo está llamado a ser una lectura agradable y una buena pintura de Salta del siglo XIX, sino una fuente para la investigación histórica.