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Exilio y pertenencia

Juana Manuela GorritiLa vida de Juana Manuela Gorriti fue tan ajetreada y novelesca que amenaza con convertirla en personaje y tapar a los lectores su obra literaria. De hecho, su vida ha sido materia de una novela(1), y su biografía ha circulado oralmente más que sus escritos. Esto, en principio, puede ayudar a conocer su literatura, pero la transformación del escritor en personaje tiene el riesgo de lo no querido (al menos, no querido por ningún escritor): que se priorice su vida en perjuicio de su obra.

Porque *Juana Manuela Gorriti fue realmente un personaje*: en parte a su pesar, ya que ella no mandó en su vida más que otras personas, y en parte porque, muy propio del siglo en que vivió, tenía un sentido refinado en torno a la excepcionalidad de vivir, una conciencia lúcida, más atenta que la de muchos de sus contemporáneos, de estar en la fundación de la modernidad americana. Esto hizo, inevitablemente, que sus gestos, sus decisiones y sus expresiones literarias estuvieran impregnados de historia: la sensación de estar haciéndola o, al menos, de estar situada en un "palco avancé" que le daba un protagonismo excepcional: el de ser testigo y parte fundamental del decorado.

Su vida abarcó intensamente casi todo el siglo XIX: nació en 1818, cuando las guerras de la Independencia eran todavía una referencia palpable, con todos sus protagonistas (los vivos y los muertos) dando vueltas por el paisaje, y murió en 1892, cuando el proyecto cosmopolita de la generación del 80 hacía sentir sus efectos contradictorios en el país. Entre ambas fechas extremas, le tocó las consecuencias de la lucha entre unitarios y federales, el exilio, la suerte compleja de estar cerca del poder en esa América violenta, la pobreza en patria ajena, la fama y finalmente la repatriación: vale decir, la gama completa de las posibilidades del siglo XIX en esta parte del mundo.

Y por si fuera poco vivir de cerca las peripecias de un siglo complejo, se dió maña y tiempo para escribirlas, dejar testimonio de su paso por la época que le tocó, y por los lugares alternativos de residencia, a donde fué a parar no siempre por elección.

Nació en Horcones (que ella se empeñó en escribir siempre sin h), en el Departamento salteño de Anta, el 15 de junio de 1818. Era hija de Feliciana Zuviría, salteña, y de José Ignacio Gorriti, nacido en Jujuy y fuerte hacendado en Salta, donde era dueño precisamente de la finca Horcones, situada en lo que entonces se conocía como "la frontera". De este matrimonio nacieron ocho hijos, de los que Juana Manuela era la penúltima.

Resulta interesante hacer un rápido repaso a su entorno familiar (2) porque, mejor que cualquier comentario, explica la ubicación privilegiada que le sirvió para vivir a fondo su época; aunque tal privilegio no le sirviera para suprimir dolores sino, en todo caso, para hacerlos más espectaculares.

Provenía de una familia poderosa, con grandes extensiones de tierra en Salta y Jujuy, que se incorporó tan decididamente a las guerras de la Independencia que perdió en ellas toda su fortuna. La saga familiar de su padre y sus tíos ilustra muy bien eso que, un poco tópicamente y al voleo, suele designarse como patriotismo, y que tal vez no sea otra cosa que coherencia con los propios ideales, sensación de pertenecer a un sitio y honorabilidad. Su padre José Ignacio y su tío José Francisco, conocido en la región como Pachi Gorriti, tuvieron una destacada actuación militar al lado de Güemes, interviniendo lanza en mano en casi todas las batallas (ha entrado a la leyenda regional el arrojo de Pachi Gorriti en la lucha cuerpo a cuerpo de la época), y también fueron protagonistas importantes de la política cuando la Independencia pareció consolidada. A su vez el canónigo Juan Ignacio, hermano de los nombrados, fue miembro de la Junta Grande de Gobierno y le tocó bendecir en Jujuy la bandera de Belgrano.

José Ignacio Gorriti fue, en 1816, delegado por Salta al Congreso de Tucumán, y firmante por lo tanto del Acto de la Independencia el 9 de Julio de ese año. Fue gobernador de Salta; y en 1831 tuvo que exiliarse a Bolivia porque, siendo un convencido unitario, su vida y la de su familia corrió peligro cuando Quiroga venció en Tucumán. También en esta etapa del país, la familia Gorriti resumió el drama de la guerra civil, porque así como José Ignacio era unitario, sus dos hermanos se embanderaron por la causa federal. Al llegar a Tarija, el padre de Juana Manuela "no tenia ni una cuchara", según la expresión de su cuñado Facundo Zuviría: la guerra y su apuesta a fondo por el país naciente, se lo habían comido todo...

Para Juana Manuela, en cambio, el exilio en Bolivia significó entrar en lo que iba a ser una vida apasionante. Es cierto que, con el trastierro, perdió la comodidad de llevar una existencia más o menos tranquila: para ese entonces, estando ya exhausta la fortuna familiar, la de la "pobreza digna" de las provincias del norte. Pero en cambio, esta modificación de situación, y la necesidad de acomodarse al nuevo paisaje y a las nuevas relaciones personales, le significó un crecimiento casi instantáneo y un afianzamiento de la personalidad fuerte y sin temor a la vida que iba a ayudarla a sobresalir como mujer en un mundo de hombres. Tenía sólo trece años, pero la vida áspera de entonces no daba tiempo para agotar etapas intermedias: había que pasar de la infancia a la adultez, sin demorarse en crecer ni en resolver problemas de adolescencia. Se podría decir, haciendo un insulso juego de palabras, que si de algo se adolecía era precisamente de adolescencia, y Juana Manuela rápidamente debió entender que ya era (necesitaba serlo) una mujer íntegra, apta para encargarse de su propio destino.

Al año siguiente de su llegada a Tarija, se casó con el capitán boliviano nacido en La Paz, Manuel Isidoro Belzú, un hombre despótico y brutal ( como atenuante podría decirse que más o menos así eran casi todos los de entonces) que el escritor peruano J. M. Torres Caicedo, recuerda de este modo en el prólogo de Sueños y realidades: "En aquella república (Bolivia) existía un hombre de triste celebridad en América, a quien se conoce con el nombre de Isidoro Belzú. Y fue a ese hombre a quién tocó la alta dicha de ser el esposo de tan cumplida mujer. Cierto escritor, al hablar de madame de Girardin, ha dicho: "Su único defecto es su esposo"... aquella frase parece preparada cuando se habla de la señora de Gorriti de Belzú". El carácter tempestuoso de este hombre estuvo presente en los actos mas destacados de su vida; a modo de ejemplo puede reseñarse que, cuando Juana Manuela lo conoció en Tarija, Belzú era una especie de castigado personal del presidente de aquel país, el general Santa Cruz. También son ejemplos de lo mismo su trayectoria militar y su muerte: después de tener parte en las luchas de la época, y de llegar a participar activamente en casi todos los acontecimientos políticos y militares de su país, tuvo el extraño destino de alcanzar la presidencia de Bolivia y ser muerto de un tiro en el salón del palacio por Mariano Melgarejo, quien sería su sucesor. Había llegado al poder proclamándose a sí mismo dictador, después de vencer al general Velasco, presidente del país, en la batalla de Yamparaz, en 1848: años después pudo cambiar este título por el de presidente. Con este hombre, Juana Manuela tuvo dos hijas, Edelmira y Mercedes; después de separarse de él tuvo dos hijos más, Clorinda y Julio: éste último, según consta en el acta de defunción archivada en el Registro Civil de Buenos Aires, era hijo de Julián Sandoval y murió en esta ciudad en 1894 a los treinta y nueve años.

Todo indica que el matrimonio con Belzú se deterioró rápidamente, pero tardaron catorce años en separarse. Las razones de este fracaso no han sido registradas sino como conjeturas (caracteres fuertes de ambos y decisión de no ceder ninguno el terreno), pero hay que destacar que, cuando a ella le tocó escribir pasajes autobiográficos, cubrió siempre con pudo y elegancia las desavenencias con su marido. Inclusive, cuando Belzú murió trágicamente, ella escribió una larga y elogiosa semblanza sobre su personalidad (al parecer, más dictada por la emoción del momento que por los hechos), sin decir otra cosa, en relación con su matrimonio, que "allí (en Tarija) Belzú conoció, amó y se unió en matrimonio con una hija del general Gorriti, emigrado argentino. Demasiado jóvenes ambos esposos, no supieron comprender sus cualidades ni comprender sus defectos; y aquellas dos existencias se separaron para no volver a reunirse sino en la hora suprema al borde del sepulcro"...

La tierra natal

En 1831 le tocó a Juana Manuela Gorriti seguir a su padre al exilio en Bolivia, y nunca volvió a vivir a Salta. Parece ser, si el cuento titulado Gubi Amaya es realmente autobiográfico, que hizo una furtiva incursión por Salta, vestida de hombre para no ser reconocida, alrededor de 1842. De esto sólo queda ese relato y la conjetura de que la protagonista puede ser ella; pero, de cualquier manera, este paso por su tierra natal fue clandestino y, sobre todo, casi limitado a la finca de Horcones donde había nacido.

En 1878 viaja desde Buenos Aires al norte, con intención de llegar a Salta, pero las peripecias del propio viaje la detienen en Tucumán. Y es recién en 1886, con casi setenta años, que puede volver a Salta sólo por veinte días, caminar por sus calles, conversar con su gente y ser recibida como la viajera notable, cargada de laureles y leyendas, que era en realidad.

Blanca Varela (y me gusta echar mano a una poeta peruana para hablar de Juana Manuela Gorriti) escribió en un poema: "¿ Qué hacer con los recuerdos? Confundir seres, lugares, caricias. Cruzar todo el océano para llegar a este parque que queda a una cuadra de casa". Esta fue, exactamente, la situación vivida por Juana Manuela en este regreso postergado tantas veces. Se trataba de un viaje complejo: viaje a su lugar de origen y también al pasado; pero, sobre todo, viaje a la memoria: va a ver lo que hay, cotejado con lo que había y, por si fuera poco, impregnado de lo que quisiera que esté. Todo el tiempo se le superponen caras y personas, aparece un abuelo en la estampa de su nieto, una referencia histórica en la fachada de una casa o en alguien innominado que pasa por la calle; y está haciendo permanentemente un recorrido hacia atrás, no por nostalgia de lo que ya no tiene remedio, sino para entender que hay ahora donde estaba lo que ya no existe. Este es el viaje que cuenta en La tierra natal, publicado dos años después, en 1888.

Partiendo de Buenos Aires, el tren llegaba hasta Metán; y desde allí había que seguir en "una mensajería llevada por nueve mulas". La estructura general de este libro es la de los libros de viaje más conocidos: salvando todas las distancias del caso (que son muchas), tiene el plan narrativo del Quijote de la Mancha o de la Excursión a los indios ranqueles. Quiero decir con esto que el hilo conductor es el viaje en sí, pero está interferido todo el tiempo por sucesos, anécdotas, recuerdos y cuentos que se van interpolando, y que dan una trama abierta a la narración. Allí aparece el "gauchi-político", como lo bautiza la escritora, que se apodera de la conversación en el tren y da una imagen terrible de la muerte de Boedo; la historia de una mujer traicionada por su novio y por su mejor amiga; un rápido diálogo con una amiga monja, en el que queda patente el talante laico y liberal de Juana Manuela; y también se recogen historias traídas por conexiones de la memoria, datos, comentarios de sucesos del pasado o de acontecimientos familiares, entre los que aparece un curioso y postrer ajuste de cuentas con su abuela, a la que no perdona haberse casado en segundas nupcias con "un hombre horriblemente feo, tuerto y, lo peor de lo peor...¡vulgar!".

Tal vez sea útil saber que, según el censo de 1895 la provincia de Salta tenía 118.015 habitantes, y la capital 20631. La ciudad que la esperaba a Juana Manuela Gorriti era, pues, pequeña, cercada por huertas, rezadora y con fuerte presencia rural en su vida diaria. En el testimonio de la Gorriti ya aparecen, sin embargo, algunas modificaciones visibles, cambios de costumbres (no muchos lógicamente), el cerro San Bernardo que (¡ya entonces!) había perdido su vegetación y aparecía seco y pelado: es decir que, desde hace más de un siglo, espera una reforestación. Y es curioso comprobar la relativa importancia que, en relación con la actualidad, tenía algún paraje del interior de la provincia; por ejemplo, es llamativo lo que cuenta al pasar: que en Chilcas había entonces un piano Steinway y, por lo tanto, alguien que supiera usarlo: dos cosas que, me parece, hoy serían del todo imposibles.

La tierra natal es un viaje al mundo de los recuerdos; pero es también una despedida, como ella lo sabe y lo dice a cada paso con un dolor pudoroso, casi sin decirlo.

Lo íntimo

Se trata de un libro deliberadamente fragmentario: apuntes, reflexiones, alguna anécdota y comentarios de la mas diversa índole, que Juana Manuela Gorriti había ido recogiendo en distintas etapas de su vida. Quedó en estado mas o menos embrionario, aunque hay que decir que si algo lo define es la perspectiva íntima, de sutil interioridad, que está presente en el título.

Así como La tierra natal es un recorrido por la memoria a partir de un dato geográficamente ubicable (un viaje a Salta), podría decirse que este libro propone casi lo contrario, el descubrimiento de una persona (ella misma) a partir de los datos sueltos que va entregando la memoria. La autora está aquí más expuesta que en otros libros; no busca la ficción para disfrazarse en ella, ni utiliza recursos alegóricos para contar lo que le pasa, sino que se ofrece directamente, en crudo, diciéndonos expresamente que es ella quien habla y que también es ella la materia del libro: ella es su propio argumento. Y, sin embargo, no estamos ante un diario íntimo, al uso de la época, sino ante algo más moderno: un discurso fragmentado, sólo organizado por la necesidad secreta de la autora, que la lleva de un tema a otro sin obligarla a dar explicaciones del traslado. Esto le permite un juego abierto, en el que caben noticias de su infancia, pensamientos sobre la condición de mujer, algún relato, saludos a escritores amigos o, inesperadamente, una percepción bastante visionaria de lo que llegaría a ser la crisis bursátil del 90 en la Argentina.

Pero tal vez lo que más conmueve leer es la serenidad con que esta mujer inteligente ve aproximarse la muerte: "Ahora sí, en verdad, comienzo a sentir llegar la muerte...; llega en tiempo en que la vida pesa como ropa mojada que es preciso cambiar". Y estas palabras inacabadas con que termina este libro y, muy poco después, su propia vida: "Algunos días más y la luz se apagará para siempre...".


Notas:

(1) Juanamanuela, mucha mujer, Martha Mercader. Sudamericana, Buenos Aires 1980.

(2) Las referencias históricas están sacadas del libro Los Gorriti de la gesta güemesiana, de Luis Arturo Torino, Edición del autor, Salta 1992.

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