El lado oscuro del escrache
A ver qué significa realmente el escrache. Si miramos bien, quizás comprendamos mejor su sentido político y su dimensión ética. Es importante hacerlo, ya que el escrache se practica como si fuera una épica moral, una epopeya justiciera, una gesta de la memoria colectiva. Y por cierto, tengo buenas razones para pensar que no es nada de eso.
Como ya escribí otras veces, creo que muchas conductas públicas argentinas se legitiman pese a estar cargadas de intolerancia, discriminación, fanatismo y violencia. El escrache también. Veamos por qué.
Lo primero: ¿de dónde salió la palabra escrachar? La mayoría de los estudiosos acepta que su cuna es el lunfardo. Así, escrachar es hija del «escracho», que es algo o alguien feo, horrible. Acá tenemos una pista: «hagámosle algo muy feo a alguien» significa «vamos a escracharlo». Es puro ánimo bélico.
Hay más: en varios diccionarios de lunfardo la palabra «escrachado» significa «zurrado», es decir, alguien golpeado, castigado. En el mismo sentido, la Real Academia Española dice que escrachar es «romper, destruir, aplastar». ¡Pobre del escrachado! Y eso lo saben los escrachadores, que utilizan el escrache como escarmiento público y, por extensión, como venganza.
Ahora sabemos algo crucial: la etimología dice que el escrache y la violencia tiene sólidos lazos sanguíneos. Ambas se alientan recíprocamente.
La política argentina le agregó otro sentido al escrache: «Poner en evidencia, protestar en público contra algo o alguien». Por eso, en el escrache hay un grupo de personas que identifica al enemigo mediante signos intimidatorios que denotan ideas y valores políticos. Algo clave: los escrachadores actúan como ángeles que señalan al demonio, al que debe ser discriminado, encerrado, incluso al que debe ser exterminado según el canon del Poder de turno.
La raíz del escrache es reaccionaria, dogmática y, claro está, muy violenta.
A este sentido de la palabra escrache me refiero. Veamos de dónde viene.
El más antiguo escrache lo relata el evangelio del apóstol san Juan: un grupo de fariseos se acercan en tromba a Jesús y señalan a una mujer abrumada por el espanto. La acusan de pecadora, gritan que deberían apedrearla, y le preguntan a Jesús qué piensa. La respuesta es tan famosa como el episodio: «aquel de ustedes que esté libre de pecado que arroje la primera piedra».
Atención: esa respuesta invierte el sentido moral de la pregunta: ¡el problema no es el escrachado, sino el escrachador! Acá me quiero detener: una ética basada en la dignidad humana y los derechos humanos no acepta el escrache, ya que así se autoriza a los fiscales de cualquier Poder a condenar sin juzgar, a sentenciar sin conocer la verdad, y a difamar sin autoridad moral. Nada menos.
El escrachador disfruta con el pánico que despierta en el escrachado. Es un gesto sádico típico del autoritarismo. En el escrache se subvierte el deseo de justicia y se da rienda suelta a la violencia ejercida con placer sobre el prójimo. Esto lo podemos ver en un dramático ejemplo histórico.
La «puesta en evidencia pública» que busca el escrache –cuya eficacia política se pregona aún como principal beneficio– ya fue usada con extrema crueldad en la Alemania nazi. Una vez que Adolf Hitler llegó al poder, los judíos comenzaron a ser perseguidos. Al principio, los nazis marcaron sus casas con la cruz de David pintada en las paredes como un grafitti. El mensaje era claro: ¡acá viven judíos! Y ese escrache, ya lo sabemos bien, fue una sentencia letal.
Poco después, los nazis impusieron un mecanismo de escrache individual para clasificar burocráticamente a las víctimas. Los judíos debieron usar un brazalete amarillo sobre la ropa para diferenciarse de los demás. Ya en plena guerra, la ingeniería del escrache alcanzó niveles sofisticados en los ghettos y campos de concentración: los homosexuales debían llevar pegado a la ropa un triángulo rosa; un triángulo marrón para los gitanos; un triángulo negro para las lesbianas, prostitutas, vagabundos, delincuentes, indigentes, drogadictos y alcohólicos. ¿No queda claro por qué Jesús preguntó por la calidad moral de los escrachadores en vez de ocuparse del escrachado?
Claro que la fórmula nazi ya había sido puesta en funcionamiento en España durante la guerra civil y la dictadura del generalísimo. Los fascistas usaron el escrache para señalar públicamente a los republicanos. Eso era una condena mortal. Basta ver la hermosa película «La lengua de las mariposas» para descubrir, en el final, la forma en que la población escrachó a quienes poco tiempo antes habían sido sus mejores amigos. Es que el escrache expresa, además, las peores miserias humanas de los escrachadores.
Cuidado: las sociedades totalitarias alimentan con fanatismo a sus escrachadores. En las «Las brujas de Salem», que rescata un hecho real de 1692, hay un grupo de chicas que acusa de brujería a decenas de vecinos. Motivadas por la venganza y el miedo histérico, escrachan a hombres y mujeres hasta lograr un resultado aterrador: hay 156 acusados. Tras el juicio, ahorcan a diecinueve, cuatro agonizan en la cárcel y otro más es torturado hasta morir. Así funciona la temible alianza del poder y los escrachadores: ayer brujos, ¿y hoy?
En todo tiempo, el escrache busca administrar castigos y escarmientos en la escena pública. Es una técnica política violenta que persigue la sanción ideológica, aunque actúe del lado de la ley o al margen de ella.
Lo grave es que el escrache se opone a toda ética de la memoria, ya que es un mecanismo político usado por el poder genocida para identificar, clasificar y matar a millones de personas. Sólo por eso, la legitimación del escrache es un acto que niega la historia y el padecimiento atroz de las víctimas, y ofende a quienes creemos que los crímenes de lesa humanidad jamás prescriben.
No sólo debe repudiarse a los genocidas, también deben repudiarse sus métodos, estrategias y tácticas. Adoptar sus prácticas desvirtúa la esencia de la justicia y lesiona la vigencia de los derechos humanos.
¿En serio el escrache nos parece democrático?
Como ya escribí otras veces, creo que muchas conductas públicas argentinas se legitiman pese a estar cargadas de intolerancia, discriminación, fanatismo y violencia. El escrache también. Veamos por qué.
Lo primero: ¿de dónde salió la palabra escrachar? La mayoría de los estudiosos acepta que su cuna es el lunfardo. Así, escrachar es hija del «escracho», que es algo o alguien feo, horrible. Acá tenemos una pista: «hagámosle algo muy feo a alguien» significa «vamos a escracharlo». Es puro ánimo bélico.
Hay más: en varios diccionarios de lunfardo la palabra «escrachado» significa «zurrado», es decir, alguien golpeado, castigado. En el mismo sentido, la Real Academia Española dice que escrachar es «romper, destruir, aplastar». ¡Pobre del escrachado! Y eso lo saben los escrachadores, que utilizan el escrache como escarmiento público y, por extensión, como venganza.
Ahora sabemos algo crucial: la etimología dice que el escrache y la violencia tiene sólidos lazos sanguíneos. Ambas se alientan recíprocamente.
La política argentina le agregó otro sentido al escrache: «Poner en evidencia, protestar en público contra algo o alguien». Por eso, en el escrache hay un grupo de personas que identifica al enemigo mediante signos intimidatorios que denotan ideas y valores políticos. Algo clave: los escrachadores actúan como ángeles que señalan al demonio, al que debe ser discriminado, encerrado, incluso al que debe ser exterminado según el canon del Poder de turno.
La raíz del escrache es reaccionaria, dogmática y, claro está, muy violenta.
A este sentido de la palabra escrache me refiero. Veamos de dónde viene.
Historia negra del escrache
El más antiguo escrache lo relata el evangelio del apóstol san Juan: un grupo de fariseos se acercan en tromba a Jesús y señalan a una mujer abrumada por el espanto. La acusan de pecadora, gritan que deberían apedrearla, y le preguntan a Jesús qué piensa. La respuesta es tan famosa como el episodio: «aquel de ustedes que esté libre de pecado que arroje la primera piedra».
Atención: esa respuesta invierte el sentido moral de la pregunta: ¡el problema no es el escrachado, sino el escrachador! Acá me quiero detener: una ética basada en la dignidad humana y los derechos humanos no acepta el escrache, ya que así se autoriza a los fiscales de cualquier Poder a condenar sin juzgar, a sentenciar sin conocer la verdad, y a difamar sin autoridad moral. Nada menos.
El escrachador disfruta con el pánico que despierta en el escrachado. Es un gesto sádico típico del autoritarismo. En el escrache se subvierte el deseo de justicia y se da rienda suelta a la violencia ejercida con placer sobre el prójimo. Esto lo podemos ver en un dramático ejemplo histórico.
La «puesta en evidencia pública» que busca el escrache –cuya eficacia política se pregona aún como principal beneficio– ya fue usada con extrema crueldad en la Alemania nazi. Una vez que Adolf Hitler llegó al poder, los judíos comenzaron a ser perseguidos. Al principio, los nazis marcaron sus casas con la cruz de David pintada en las paredes como un grafitti. El mensaje era claro: ¡acá viven judíos! Y ese escrache, ya lo sabemos bien, fue una sentencia letal.
Poco después, los nazis impusieron un mecanismo de escrache individual para clasificar burocráticamente a las víctimas. Los judíos debieron usar un brazalete amarillo sobre la ropa para diferenciarse de los demás. Ya en plena guerra, la ingeniería del escrache alcanzó niveles sofisticados en los ghettos y campos de concentración: los homosexuales debían llevar pegado a la ropa un triángulo rosa; un triángulo marrón para los gitanos; un triángulo negro para las lesbianas, prostitutas, vagabundos, delincuentes, indigentes, drogadictos y alcohólicos. ¿No queda claro por qué Jesús preguntó por la calidad moral de los escrachadores en vez de ocuparse del escrachado?
Claro que la fórmula nazi ya había sido puesta en funcionamiento en España durante la guerra civil y la dictadura del generalísimo. Los fascistas usaron el escrache para señalar públicamente a los republicanos. Eso era una condena mortal. Basta ver la hermosa película «La lengua de las mariposas» para descubrir, en el final, la forma en que la población escrachó a quienes poco tiempo antes habían sido sus mejores amigos. Es que el escrache expresa, además, las peores miserias humanas de los escrachadores.
Cuidado: las sociedades totalitarias alimentan con fanatismo a sus escrachadores. En las «Las brujas de Salem», que rescata un hecho real de 1692, hay un grupo de chicas que acusa de brujería a decenas de vecinos. Motivadas por la venganza y el miedo histérico, escrachan a hombres y mujeres hasta lograr un resultado aterrador: hay 156 acusados. Tras el juicio, ahorcan a diecinueve, cuatro agonizan en la cárcel y otro más es torturado hasta morir. Así funciona la temible alianza del poder y los escrachadores: ayer brujos, ¿y hoy?
En todo tiempo, el escrache busca administrar castigos y escarmientos en la escena pública. Es una técnica política violenta que persigue la sanción ideológica, aunque actúe del lado de la ley o al margen de ella.
Lo grave es que el escrache se opone a toda ética de la memoria, ya que es un mecanismo político usado por el poder genocida para identificar, clasificar y matar a millones de personas. Sólo por eso, la legitimación del escrache es un acto que niega la historia y el padecimiento atroz de las víctimas, y ofende a quienes creemos que los crímenes de lesa humanidad jamás prescriben.
No sólo debe repudiarse a los genocidas, también deben repudiarse sus métodos, estrategias y tácticas. Adoptar sus prácticas desvirtúa la esencia de la justicia y lesiona la vigencia de los derechos humanos.
¿En serio el escrache nos parece democrático?
(*) Escritor
La publicación del presente artículo en nuestro sitio web ha sido expresamente autorizada por su autor.
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