Artículos * Personajes de Salta * El Chango Saravia
Los Chalchaleros
Sólo puedo hablar como fuente directa según fue mi relación con él, sin valerme de tantas anécdotas y rumores que a toda persona acompañan a lo largo de su vida. Así, pues, conocí a José Antonio Saravia Toledo de profesor de geografía (¡) en el Colegio Nacional. Era nuestro profesor en una época en que estando bien relacionado con los que mandaban, se tenía acceso a un buen empleo de funcionario nacional, en este caso, profesor de un colegio de enseñanza secundaria. Un sueldo discreto pero seguro, que servía de complemento a otra actividad mejor remunerada. Sus clases estaban bien informadas y era un profesor más de los tantos como él, ni mejor, ni peor. Un día nos reunieron a todos los alumnos en la pista cubierta de baloncesto para celebrar alguna fecha patria. Después del himno y el discurso pertinente, entraron por la puerta lateral y allí se quedaron, cercanos a la salida como amenazando echar a correr a la primera los cuatro Chalchaleros, en la época que cantaban “Domingo i´chaya”, y fue la primera vez que oí el falsete que caracterizó a este conjunto en algunas bagualas, y que luego fue imitado entre otros por “Los Fronterizos”, aunque no con el registro de tercera sino con una segunda voz arriba. Mientras oíamos esta novedad folklórica discutíamos si era Dicky Dávalos u otro el del falsete, y recuerdo que nuestro compañero el “Negro” Avellaneda, nos decía que era el Chango Saravia el de la voz de flauta. Y era no más.

Un par de años antes de aquello, cuando yo estudiaba inglés en la “Cultural Británica” que dirigía el inglés Sly y que luego de abandonar la vieja casona de calle Córdoba se situó en los altos de la esquina de España y Balcarce, en un fin de curso sirvieron refrescos y “sanguches” y como final de fiesta cantaron los cuatro: El Chango, Juan Carlos, Cocho y Pelusa Franco. Como aun no tenían nombre fijo, al Chango se le ocurrió bautizarlo coyunturalmente como “Las urpilas yutas”. Todos reímos al escuchar la ocurrencia, y el invitado especial de la noche, que era un enviado por la sede central de esa academia de idioma, el director Sly y los demás profesores salteños se las veían crudo para explicarle al londinense lo que significaba la urpila yuta, porque no hay en inglés una palabra que ni cercanamente se identifique con su significado, y mucho menos con la expresión completa. Así pues, lo de Los Chalchaleros vino después, cuando separado Pelusa por estudios, ingresó Dicky.

Después se sucedieron las actuaciones pagadas, algunas de ellas por el peronismo, como una gran concentración de artistas que actuaron sobre un escenario montado a los pies del monumento a Güemes, situándose el publico a lo largo en lo que es la cuesta que sube desde la AvenidaVirrey Toledo hasta lo que es hoy la Avenida Uruguay, donde se levantó el escenario. En ese entonces esa cuesta era de tierra y aun no se habían construido los palacetes que la bordean y que, dicho sea de paso, por albergar los hogares de políticos de la época, los salteños del Partido Radical la llamaron la cueva de Alí baba y los Cuarenta Ladrones. Ya se sabe que los adversarios políticos son casi siempre malvados, de modo que a veces aciertan y otras, no. En la casa de uno de los Durand terminó situado el Club 20 de Febrero. Lo cierto es que Los Chalchaleros ya eran muy conocidos y celebrados en Salta, pero solamente en Salta. En aquella ocasión, el espacio destinado al público estaba lleno de salteños ansiosos por escuchar a estos cantores. El Chango punteaba los temas con una precariedad asombrosa, pero eran nuestros folkloristas y no nos importaba porque estábamos hartos de los Hermanos Ávalos y los Abrodos y los Díaz y los Simón, así como de los dúos Martínez-Ledesma, Benítez-Pacheco o Tormo-Canale . Esa noche subieron al escenario tres de ellos y el Chango que era el lenguaraz del grupo explicó que la ausencia de Dicky se debía a una enfermedad. A la segunda zamba subió al escenario Dicky, el enfermo, con una sonrisa de oreja a oreja que lo degollaba y con un traje de gaucho color marrón. Era una mosca en la leche al lado del blanco inmaculado de los trajes de los otros tres. Ahí estaba la explicación. Renegando de lo decidido, resolvió subir al escenario y cantar con sus compañeros aunque carecía en ese momento del uniforme. El Chango mostraba un enfado no disimulado.

Después vino lo de Radio Splendid de Buenos Aires que fue una actuación sostenida económicamente por los comerciantes salteños que anunciaron sus productos pagando de ese modo el espacio radiofónico. Lo cierto es que gustaron y prueba de ello es que Cocho y Dicky se quedaron en Buenos Aires cantado a dúo. Juan Carlos regresó a su puesto en el Banco Provincial a sellar formularios y contar billetes ajenos, y el Chango a seguir con sus clases de geografía en el Nacional. Me comentó un día, que había sido un error lo de Cocho y Dicky porque lo único que conseguirían sería que los folkloristas de tres al cuarto les copiarían sus temas exclusivos, casi todos salteños y casi todos, anónimos: Lloraré, Cañaveral, Blanco y Azul, López Pereyra, Mañana de mañanita, Coplas de Ausencia, La Artillera, Campanitas, Baguala de Cachi y Baguala de Amblayo, entre otras.

Cuando el Chango se apartó de Los Chalchaleros, le pregunté por qué lo había hecho, y me dijo que no estaba dispuesto a vivir del canto porque no era un trabajo seguro y que lo que él tenía pensado para ese grupo eran actuaciones ocasionales en presentaciones de prestigio, y no tener que andar de aquí para allá cantando con la guitarra a cuestas por unos cuantos pesos. Era evidente que no alcanzó a prever el futuro prometedor de Los Chalchaleros. Juan Carlos Saravia cuenta la historia con matices estéticos, afirmando que el Chango se retiró del canto profesional para proseguir su carrera de Derecho. Es falso porque lo que hizo fue regresar a su cátedra de geografía. Coincidió su separación del grupo al poco tiempo de su cese obligatorio del Colegio Nacional, porque no quiso firmar la adhesión a la reelección de Perón de 1952, a la que todos los funcionarios estaban voluntariamente obligados. Fue cesado por rebelde en la época en la que el peronismo tanto dejaba sin trabajo a sus opositores como encarcelaba a Cipriano Reyes, un sindicalista que ayudó a Perón a forjar su movimiento nacional.

Nunca supe si alguna vez se arrepintió de aquella decisión que terminó con la incorporación de Ernesto Cabeza “que sabía tocar la guitarra”, y cantaba poco o casi nada. Lo cierto es que el Chango, un buen día pero mucho después, retomó los estudios de Derecho y cuando terminó la carrera se incorporó al Poder Judicial como Secretario Administrativo de la Corte de Justicia, siendo el Secretario judicial Mónico Saravia (por lo que se ve, entre Saravias andaba el juego).

En esa época yo había terminado Derecho y luego de un año de trabajo profesional como abogado, ingresé a la carrera judicial, primeramente como Fiscal y luego como Juez, por lo cual tuve ocasión de tratar frecuentemente al Chango. Ya no hablábamos de música folklórica, sino de la otra, y recuerdo que era un gran admirador de Bach, como que escuchaba con regularidad “La Pasión según San Mateo”, relamiéndose con los coros que nunca logró que los escucharan con paciencia los otros Chalchaleros. A veces lo visitaba en su casa a horas intempestivas, como que no faltaron ocasiones en las que, cuando se quedó sin trabajo en el Nacional, se dedicó a su finca metanense. Cuando lo sorprendía recién llegado de Metán y sin quitarse el traje de gaucho, comía a deshora una lata de caballa en aceite con pan francés y trataba de diluir el aceite con un par de postreras mandarinas, mientras escuchábamos a Bach, aprovechando para comentarme aspectos de esa música y otros temas predilectos para él como “Jesús, alegría del hombre...” y más especialmente el “Aria para la cuerda de sol”.

Cuando ambos estábamos ya ejerciendo en nuestros puestos de trabajo de la carrera judicial, el Colegio Nacional organizó un concurso folklórico que se llevó a cabo en el Teatro Victoria. Llegaron a la final dos tríos: uno de ellos dirigido por Pastora Alderete, mi ex profesora de música del bachillerato, en el que cantaba un chico con una voz prodigiosa que recuerdo se apellidaba Brizuela. El otro trío lo dirigía yo a pedido de mi ex profesor de literatura Enrique García dado que en él cantaba y guitarreaba su hijo y un tal Arias, la primera voz, y Terán, que era el que “punteaba” las introducciones. Cuando llegó a su fin la última presentación, nos reunimos en la cafetería del Hotel Victoria Plaza los tres componentes del jurado. Por razones obvias tanto Pastora como yo nos abstuvimos de opinar porque al fin de cuentas éramos jueces y partes en ese concurso, de modo que dejamos hablar al Chango Saravia, el tercer jurado que optó por proponernos una solución salomónica que consistió en declarar empate y repartir el premio entre los dos tríos. El Chango se vio de pronto encarado con un compromiso para él insólito, y no quiso quedar mal con Pastora ni conmigo.

Finalmente, y a esta altura del relato, quiero dar una opinión. La sonoridad básica de Los Chalchaleros no fue una creación de Cabezas, aunque así lo afirme Juan Carlos Saravia, que nunca pasó de rasguear su guitarra para el acompañamiento, según sus propias palabras en una especie de relato histórico del conjunto que se puede leer en internet, sino que fue el Chango el verdadero creador de las tres voces que jamás se repitieron desde que él abandonó el grupo. Desde entonces todo quedó reducido a dos dúos, que fue, curiosamente, el inicio de ese grupo. A él se debe la estructuración vocal del conjunto folklórico más celebrado de Salta y con el tiempo, de todo el país. Un día me atreví a dar mi opinión acerca de una voz que desentonó en una de sus primeras grabaciones y él corrigió mi error en la elección asegurándome que era otro el “desorejado” y que de los tres que con él cantaban, el más entonado y con diferencia fue siempre Cocho Zambrano, un bajo profundo y firme, en el que las primeras voces de Juan Carlos y Dicky podían apoyarse con seguridad. La voz de Cocho era tan firme y entonada, que cubría con suficiencia las dos primeras voces del grupo, por mucho que elevaran su volumen, mientras el Chango experimentaba con terceras de distintos registros.

Sus mejores momentos para quienes lo veíamos dirigir a Los Chalchaleros, fueron esos cuatro años de lanzamiento del grupo vocal; sin embargo, al menos yo, nunca supe hasta qué punto fue así o si, precisamente por haber abandonado la conducción de Los Chalchaleros, tal decisión marcó su vida para siempre, dada la fama que recogieron sus integrantes a lo largo de tan dilatada vida dedicada al canto, y de la que él por méritos, hubiera podido compartir con los que fueron entonces sus compañeros de canto.

El Chango Saravia fue un melómano empedernido. Oía mucha música y tenía buen gusto y talento; sin embargo, tengo para mí que no sabía leer en el pentagrama y todo lo hacía de oído. Nunca se lo pregunté por respeto a su edad y al afecto que en todos y en mí fomentaba con su buen humor y su trato amable y carente de maldad. Se recuerda siempre a las buenas personas. Sólo a las buenas. Por ello, no es aconsejable excederse en los elogios y guardar distancia con el comedimiento y la sinceridad o todo termina siendo un desperdicio para el que escribe y para el que lee.
Hits: 1240

Comuníquese






Site Login