Lunes 01 de Junio de 2009 12:44
- Escrito por Bernardo González Arrili
Bernardo González Arrili (1892 - 1987), el escritor norteño que desde la Capital Federal ha desplegado nobles y plausibles esfuerzos en pro de la literatura regionalista, escribió, hace muchísimos años, una bella página que desenterramos de viejos estantes sobre “Las fiestas de Sumalao”.
Tradicionales fiestas que continúan siendo las mismas, con toda su belleza polícroma y sabor agreste del terruño.
González Arrili estuvo muchos años en Salta, actuando en la política y en periodismo. Fue secretario del gobernador Joaquín Castellanos en 1921. Dirigió un periódico en Salta. Es autor de casi medio centenar de libros sobre temas y personajes de la historia argentina. Hasta los últimos meses de su vida, y durante más de medio siglo, fue colaborador del diario "La Prensa".
En Salta escribió y desde aquí envió a la casa editora de la metrópoli, su libro “Protasio Lucero”, que tuvo tanta aceptación.
De camino
El domingo de mañanita la estación ferrocarrilera de Salta tiene uno de sus grandes días. La gente se apeñusca ante la única taquilla abierta para el despacho de "pasajes" durante una hora larga. El tren preparado resulta insuficiente. Se le agregan cuatro coches, y con diez minutos de atraso inicial partimos....
El ruido de hierros de los coches en marcha atenúa, en la partida, la banda de música de un colegio salesiano que comanda un hombre ensotanado y que hace superlativo el estruendo, un italiano con unos bigotes que se matizan siguiendo el doble compás de los platillos...
El tren corre lento, con largas paradas en cada estación donde una nueva nube de pasajeros lo invade. Ya no cabe, en realidad, una alfiler. Van ocupados los pasillos, las plataformas, los estribos. En La Merced —Sumalao queda, en el medio, entre ésta y Zuviría—comienzan a descender pasajeros, entre ellos, la banda del colegio, que toca su segunda marcha formidable.
Seguimos nosotros hasta la estación venidera, ya más anchos en los asientos, oyendo a un viejo ochentón cómo eran las clásicas fiestas de Sumalao hace cincuenta años, cuando no existía el tren, “denantes de la quemazón", cuando se realizaban en el lugar ferias interprovinciales, que ya se perdieron.
—Ahora no valen nada las fiestas. Denantes se llegaba la gente de a pié, de a caballo, en carreta, de Catamarca, de Tucumán, de Bolivia, de Jujuy... Daba gusto... Fíjese que cuando yo fui a verla, el setenta y tantos, ya decían algunos que la feria estaba decaiendo... Si pó, decaiendo!... Contaba mi abuelo que aquello valía la pena. No se hacían en todo el país ferias más sonadas desde antes de la guerra, cuando Güemes. El que quería una mula buena, con buen marchao, se esperaba a la feria y la hallaba. De vicio que se le hiciera comprarla en otra parte. Igual que el que deseaba comprarse un sombrero alón de lana, o un poncho bordao, o una mantita de vicuña... Sí pó! ¡Y los muchachos! En todito el año no nos divertíamos tanto como en tres días en Sumalao. ¡En fin! Ahora dicen que también, pero ya estamos viejos. Ya no voy más.
Poco después de las nueve descendimos en Zuviría. El tren larguísimo sigue hasta más allá de Talapampa, pero vacío. Se quedan con nosotros todos los pasajeros (hasta el viejecito ochentón que viene a ver sus plantaciones de tabaco en Chicoana), apuradísimos en proporcionarse asientos en las antiguas volantas que aguardan, tiradas por cinco, seis y hasta siete caballos, y aprovechables hasta la capota.
Nos ubicamos en una de ellas bien apretaditos y alegres de haber "pillao'' un lugar. Al rato, previo los gritos del cochero empeñado en cargar otro en su coche, a la voz de ''unito me queda, unito me queda, unitooooo!", arrancamos a andar entre una nube espesa de polvo y damos comienzo a la hora larga de machucones que nos aguarda, resignadamente, tan resignadamente que nadie quiere creer que mi compañera y yo no somos "promesantes" y que vamos a Sumalao por pura curiosidad.
"Promesantes"
Entre los gritos del cochero que apura sus caballejos por el camino difícil, y los alaridos de un medio "machao" que va con nosotros, conversando.
Vamos en la volanta quejumbrosa, una señora de edad que vino de Catamarca, por Cafayate, a mula, a cumplir su promesa; un padre y su hija que llegaron de Jujuy a pagar una deuda, al Señor de Sumalao; un viejo que no hace sino sonreír y que se traía vaya uno a saber que intrincada petición alegradora de su ánimo; el ''machao", que era a su vez promesante; el cochero, que explotaba a los promesantes con sus tres pesos por cabeza, y nosotros dos: en total, ocho. De yapa, alforjas repletas, petacas llenas, "chíguas" ubérrimas.
La catamarqueña había ofrecido al santo Señor de Sumalao diez cirios de sebo —diez como los dedos de las manos— por la cura milagrosa de una sobrinita que sufriera el pasado invierno un "pasmo a los güesos". Accedió el Señor a sus pedidos y ella se "costeaba" para cumplir lo prometido.
El padre y la hija, promesantes, tenían su historia menos simple. La hija tenía doce años de edad, no muy lozanos que se diga. Era un tipito vulgar de "coya" mestiza, de pelo negro y duro, ojos grandes e inexpresivos, pómulos prominentes, labios acuchillados, suciedad de varios años en el pescuezo, detrás de la oreja, en las muñecas… Y, sin embargo, el padre le decía y ella bajaba los ojos en señal de rubor, -existió en su pueblo, un pueblucho de tres casitas allá por los cerros de Santa Bárbara, en Jujuy- un “viejo chivado” que la requería de amor y la perseguía tanto, a la madre habíasele ocurrido hacerla viajar hasta Sumalao (contra la opinión del padre, que hubiese querido encomendarla a Nuestra Señora de Paipaya), para que le rezara al milagroso Señor siete rosarios seguidos y le encendiera una vela, si el viejo perseguidor la dejaba vivir en paz. A las rogativas maternas accedió el complaciente Señor de buena gana, pues el vejete murió los siete días justos de la primera petición, cayéndose de la mula que montaba y abriéndose una cruz –la cruz del diablo- junto a la coronilla. Y allá iba el padre, masticando incansable su coca y su yista, acompañándola a cumplir su promesa.
Del viejo que sonreía no se pudo saber, pues cuando la catamarqueña curiosa se lo preguntó resueltamente, él se conformó con acentuar su socarrona sonrisa. En cuanto al “machao”, confesólo a los gritos. Era solterón y con cuarenta y cinco inviernos sobre los hombros flojotes. Venía de los valles para pedirle al Señor que le quitara de encima los desastrosos efectos de las picardías de una vieja bruja que le hacía morir la hacienda apestada y agusanada, enferma a cada rato… ¡"Tan cargante la bruja"!
El cochero, su amigo, le cantó entre dientes media estrofa de una copla que nadie entendió bien claramente, pero que hizo reír a todos, y un barquinazo fuertísimo nos hizo cambiar de conversación para ocuparnos un rato del cauce seco del río que íbamos y del sol que estaba poniéndose ''bravo".
Al rato, después de un pequeño repecho, otra vez sobre el colchón de polvo del camino, se divisó la iglesia del Señor de Sumalao, y se multiplicaron a nuestro alrededor las pintorescas cabalgatas de "promesantes", hombres y mujeres, viejos y niños ataviados de domingo, con sus grandes ponchos rojos, sus alones de lana, sus ojotas, ellos, y sus almidonados percales, sus blusas de "broderie" antiquísimo y sus sombreros alones iguales a los de los hombres, ellas. Sobre el verde amarillento de la vegetación invernal que recortan a lo lejos los cerros pardos, rebrillaban al sol los mil colores de aquellas indumentarias, chillonamente.
La Feria
Diez minutos más de tumbos y gritos del cochero y del "machao", y entra la volanta en la "calle ancha", con carpas a sus dos lados, entre un gentío enorme, inquieto, curiosísimo…
Continúa hiriendo las retinas el sol maravilloso, hecho brasa en algunos de los cerros de piedra que lo reflejan, atigrado en el polvo de la "calle", en los vestidos de las mujeres, en los arreos de las mulas, en las lonas manchadas de las carpas y en el chato y sucio edificio de adobes que guarda la venerada imagen del milagroso Señor de Sumalao.
Treinta y tantas carpas de lona, a uno y otro lado del camino, forman la calle, ancha de más de cincuenta metros, donde se efectúa lo que aún conserva el nombre de feria. Todas las carpas son iguales salvo pequeños detalles. Unas mesitas sucias, unos bancos enclenques, una estantería improvisada, dos damajuanas, un jarrón de barro, una tinaja, una pipa y dos o tres músicos: guitarra o arpa, acordeón y bombo o tamboril.
La gente abunda como para otras tantas carpas. Bailan, cantan, juegan, beben, comen. En mitad de la calle hay una numerosa partida de "taba", de la que es dueño el mismo que tiene la empresa de los demás juegos de azar: monte, dados, ruletita. Es un flacucho tipete de gorra, de esos que tanto abundan en los barrios bajos de Buenos Aires. En Sumalao solamente pudo limpiar cuanto inocente campirano cayera en sus manos hábiles. Muchas páginas requeriría el detalle de algunos de los sonoros escamoteos que allí se hicieron sin que interviniera ninguno de los cuatro ridículos agentes de policía que “estaban de facción", según decían.
Uno de ellos vestía un curioso "uniforme". Alpargatas rojas, sin calcetines. Pantalón y blusa de lanilla de esa que se compra a los turcos mercachifles. A la cintura un trozo de piolín común, y pendiente de él las "esposas" a un lado, y el largo sable de caballería, herrumbroso, al otro lado. Al cuello, un viejo ponchito de vicuña a manera de bufanda, y todo él, barbudo de quince días, coronado por un antiguo casco policial que, sin duda, la industria familiar había querido remozar tiñéndolo de añil, bien subido.
A aquella hora —las diez— abundaban ya los "machaos" que daban lástima. Roncaban en los bancos o sobre el pasto, seguían bebiendo y mascando coca, continuaban la copla comenzada al amanecer o golpeaban en el tamboril, ya sin fuerzas, por hábito, en una inconsciencia lastimosa. La fiesta del Milagroso Señor es una orgía en las carpas, pero de las más sucias, de las más repugnantes, de las más descorazonadoras que se pueden imaginar.
Se bebe mucho, chicha, alcohol puro, uva, vino de Cafayate, añejo fuerte, y de vez en vez se mastica un trozo de tableta catamarqueña, "arrollao", tortas fritas, patay guagua de orejón de durazno, bollos mezclados con mil cosas más y sus derivados que los estómagos a prueba van digiriendo a medida que les arrojan la temible “mixtura”. La musiquita de cada carpa es incansable. Sin seguir lo más mínimo el compás, encuéntranse dos amigos que improvisan. Y uno le endilga, por ejemplo:
"Toda la mitá mi vida
yo me la pasé cantando,
por ver si había un cantorcito
que mi saliera ganando".
El otro, que no tarda en darse por aludido, por “machao" que esté le responde:
"Yo canto toda lo nochi,
todo el diya y la mañana.
¡Salga esi cantor, cantimos
y nos verimos quien gana!
Si el contrapunto no continúa, o degenera en pelea, interviene un tercero tan ido en su borrachera como los otros dos, y solicita permiso así:
"Con su permiso señores
vu a entrar en su residencia
sin perjudicar a naides
ni quitarle conviniencia''.
En otras carpas, y cuando los dos cantores sufren de una "machadura" sentimental, frecuente entre ellos, se les ocurre entonar tristes cantándolos en coro con voz plañidera, llamándose hermanos (ñañito) y lagrimeando las más de las veces:
"Me voy pa lejanas tierras
ñañito,
como agua que lleva el viento;
mañana por la mañana
ñañito
será mi dispedimiento..."
“Qui se habrán hecho mis prendas
ñañito,
se las llevó el comisario;
es que se han creído que mi muerto
ñañito
y me han hecho el inventario."
Terminada la copla, cantada lentamente, con repetición de los dos últimos versos, se arriman al mostrador o la tinaja de la chicha, y beben. "Toman y obligan".
Comen sin desocupar la boca del acuyico de coca y yista, que echan a un lado, y vuelven a chupar incansables en cuanto tragan lo que mastican. Las comisuras de los labios, perdidas de la coca, verde obscuro, salivosa, dan a las caras cobrizas, lampiñas, un aspecto repugnante.
Salta, 1921.