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Democracia electoral y escatología: La crisis de la representación parlamentaria PDF Imprimir E-Mail
Por Luis Caro Figueroa - Publicado a las 18:00 | sábado 27-06-2009 (leído 519 veces)   
Confundir la regularidad electoral con la democracia es más o menos como argumentar que la regularidad intestinal es máximo indicador de salud de una persona. Una democracia -qué duda cabe- requiere del voto periódico de los ciudadanos para poder comenzar a llamarse como tal, pero cuando los ciudadanos no son libres a la hora de elegir, porque no hay alternativas reales o, aun habiéndolas, no hay una competencia electoral libre, votar cada tanto es a la democracia lo que la visita diaria al excusado, cuando el visitante padece graves trastornos cardiacos o mentales.
Escatología electoralEsta relación entre las cosas electorales y las excrementicias no es casual ni tampoco única. Los ciudadanos que acuden a votar con la misma naturalidad de un acto fisológico íntimo, no aportan más a la democracia que algunos desechos de sí mismos. Los que se postulan a ciertos cargos sin estar dispuestos a debatir ideas, dan la impresión de que sus cerebros no contienen la materia que deberían de contener sino otra completamente distinta.

Por último, para cerrar el círculo metafórico, muchos ciudadanos piensan, con razón y derecho para ello, que con todo el circo montado alrededor de las elecciones, los políticos "los están cagando".

Lo siento, pero no hay otra forma más elegante de decirlo.

La calidad de la representación parlamentaria


Sea por la repetición acrítica de la liturgia electoral, sea por la falta de ideas o por los perfiles realmente planos de los candidatos, lo cierto es que la Provincia de Salta, otrora distinguida en el plano nacional por la calidad de sus representantes a las grandes asambleas nacionales, ha pasado a ocupar un lugar marginal. Basta pensar en que Salta fue representada alguna vez por políticos como Mariano Boedo, Facundo de Zuviría, Carlos Serrey, Robustiano Patrón Costas, o más próximos en el tiempo, por Alberto Durand, Jorge Raúl Decavi, José María Saravia Usandivaras, J. Armando Caro, Miguel Ángel Martínez Saravia, Dante Lovaglio, Ricardo Falú o Juan Carlos Cornejo Linares.

Claro que también hubo ignotos levantamanos salteños en las épocas más ilustres del parlamentarismo argentino, pero éstos constituían una clara minoría.

Los candidatos actuales rivalizan en mediocridad y muchos de ellos no parecen interesados en ocupar un cargo como el de diputado nacional más que para especular con un "posicionamiento" posterior que pueda ponerle en contacto más próximo con los presupuestos provinciales. Así lo ha demostrado, entre otros, el actual gobernador de Salta, que no terminó su mandato de diputado nacional y que nunca mostró más interés político que el de ocupar el cargo que ahora, finalmente, ocupa.

El problema, desde luego, no es que Salta haya dejado de enviar representantes con capacidad intelectual y habilidad parlamentaria; el problema es que al enviar los candidatos de duro pelaje que está enviando últimamente, los intereses y aspiraciones legítimas de los salteños no encuentran en la representación parlamentaria un adecuado instrumento de defensa.

Las elecciones de mañana no variarán en lo más mínimo este panorama. Si acaso, lo mejor de estas elecciones será, como dicen algunos, "lo menos peor", y esto es el esperado cese de tres representantes (la señora Diez, la señora Canela y el señor Salum) que han demostrado, por activa y por pasiva, que el oficio de diputado no se aprende ni poniendo voluntad en el empeño.

Su reemplazo, si bien tendrá lugar en diciembre próximo, es, si acaso, la mejor noticia de estas tristes y escatológicas elecciones nacionales en Salta.
 
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