Desde el 1 de febrero de 1997

    El robo del dinero de la solicitada peronista

    ImageRelato de un suceso real ocurrido hace 27 años en Salta

    El "Proceso de Reorganización Nacional" o, lo que es lo mismo, la dictadura política más cruel que conoció la Argentina, tuvo periodos más o menos definidos. Si bien la ausencia de libertades, la arbitrariedad y la represión de la ideas fueron notas constantes durante los casi siete años que duró aquel gobierno, las luchas internas entre los militares, los absurdos conflictos bélicos que ellos mismos propiciaron y los movimientos clandestinos de las fuerzas políticas democráticas -especialmente del peronismo- terminaron por abrir algunos resquicios en su férrea estructura de dominación.

    Quisiera empezar recordando que en aquellas duras épocas eran realmente muy pocos los que se atrevían a llamarse a sí mismos "peronistas". Tal vez, muchos lo fueran íntimamente, en silencio o en el refugio de sus hogares, pero el ejercicio activo del peronismo, con todos los riesgos que ello conllevaba, era tarea de unos pocos.

    Quizá no eran más de un centenar; la misma cantidad -persona más, persona menos- que solía asistir a las misas que las leales mujeres de la Rama Femenina hacían oficiar, a veces en contra de los deseos de los propios curas, por los fallecidos Juan y Eva Perón, durante los meses de julio de cada año.

    Conscientes del carácter mayoritario del peronismo, aun en tiempos de dictadura, quienes mirábamos con curiosidad y sin protagonismo alguno todos aquellos movimientos, imaginábamos que la "gran grey" peronista se encontraría "escondida en el horno de barro", táctica de resistencia que solía emplear un recordado dirigente de origen vallisto, que al menor atisbo de una asonada militar, corría a meterse dentro de un horno casero de generosas proporciones, con una radio a pilas y una manta de guanaco como únicas compañeras. Otro conocido dirigente solía esconderse en un falso techo de la casa de su cuñado, en donde se pasaba los días leyendo comics de Pato Donald y calzando sus famosas botas rusas.

    La leyenda cuenta que estos hombres permanecían en sus improvisados escondites, bien hasta que cesara la amenaza, bien hasta el momento en que el peronismo, ya legalizado, se dispusiera a confeccionar la nueva lista de candidatos o –con mucha suerte- a realizar sus poco frecuentes elecciones internas. Para aquellos dirigentes, llegaba entonces la hora de salir a la superficie, de calzarse el traje rayas y el poncho de vicuña, de sentarse en un conocido bar de una de las recovas que jalonan la Plaza 9 de Julio y -con una Paso de los Toros de por medio- de exigir una cuota desproporcionada de congresales para sus languidecientes agrupaciones internas.

    Los demás, los que no miraban las dictaduras y sus atrocidades desde la portezuela de un horno de barro o a través del los huecos del machimbre del falso techo, eran, como queda dicho, muy pocos. Había entre ellos dirigentes de primera línea, pero también gente común, casi anónima. Tan anónima a veces, que su presencia en actos solemnes, como las misas, hacía sospechar que se trataba de los infaltables “services”, mote que se aplicaba a miembros de los organismos de inteligencia de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado.

    El caso es que durante la primavera de 1981, unos seis meses después del recambio del dictador Videla por el dictador Viola al frente de la Jefatura del Estado, el peronismo salteño se encontraba bastante activo. Estaba "de pie", como le gustaba decir a uno de los más retorcidos inspiradores de su ala fascista, aquel que compaginaba a las mil maravillas sus tareas dentro del peronismo informal con sus trabajos de inteligencia para una de las ramas de las Fuerzas Armadas.

    Los dirigentes visibles de aquel peronismo derrocado y proscrito, es decir, los ''extra-horno'', estaban sin embargo decididos a publicar en un importante periódico de alcance nacional una carta solicitada, exigiendo el regreso de las libertades democráticas, condenando algunos movimientos de los militares que estaban predisponiendo a la Argentina a una guerra internacional y expresando su desacuerdo profundo con las políticas que estaba poniendo en práctica el economista de la FIAT, señor Lorenzo Sigaut, por entonces el ministro de Economía del presidente Viola.

    El peronismo había recibido, pocas semanas antes, una señal contundente del resquebrajamiento del poder de mando del general porteño a causa de la discutible marcha de la economía. Sucedió cuando este hombre -decidido a alejarse del estilo de ''monje negro'' de su antecesor Videla- se presentó a una velada de boxeo en la ciudad de Rosario de Santa Fe. Allí fue recibido por la popular, no tanto con abucheos y silbidos, que también los hubo, sino con un elocuente cántico: "Y ya lo ve, y ya lo ve, subí los sueldos que tenemos que comer". A esta peculiar exhortación le siguió la entonación de la marcha peronista.

    Por razones que se comprenderán mejor más adelante, de aquel grupo de dirigentes salteños interesados en publicar aquella solicitada, sólo rescataré tres nombres: Los de de Matilde Vedia de Gil, diputada nacional con su mandato interrumpido por la dictadura, Olivio Ríos, dirigente sindical telefónico que fue hasta 1974 vicegobernador de Salta, y mi padre, J. Armando Caro, senador nacional hasta 1976.

    El esfuerzo colectivo para publicar aquella solicitada tropezaba, nada más empezar, con algunos serios inconvenientes. El primero, que los precios de la publicación nacional eran bastante elevados para el escuálido bolsillo de aquellos dirigentes.

    A pesar de aquel obstáculo, a pocos se les hubiera ocurrido la idea de someter la misma solicitada a la consideración del diario local, el mismo que fuera expropiado al Partido Peronista de Salta en 1955. Aquel diario había tejido con el poder de turno una red de complicidades que eran muy visibles e irritantes para el peronismo de entonces, entre las que se contaba el silenciamiento de muchas violaciones de los derechos humanos y una multiplicidad de negocios que, incluso, se hallaban situados fuera de la Argentina.

    Era en cierto modo lógico, pues, que aquellos dirigentes recelaran del diario local, al que ni de lejos consideraban afín ni a los intereses partidarios ni a los sentimientos de la gran mayoría peronista. Paradojalmente, el diario en cuestión era ya por entonces dirigido por don Juan Carlos Romero, quien luego, durante cinco lustros seguidos, desempeñó los cargos de senador nacional y gobernador de Salta, en nombre del mismo partido peronista o, para ser más honestos y precisos, de un peronismo bastante diferente.

    La publicación de aquella solicitada requería reunir unos 2.000 pesos, o quizá más. Pero aquellos dirigentes no se amilanaron y pusieron en marcha un muy eficaz operativo de captación de fondos.

    Desde luego, quienes aportaron el dinero fueron los peronistas que se hallaban fuera del horno, es decir, pocos y bastante pobres.

    No sin sobresaltos, aquella cantidad pudo ser reunida en su totalidad en una cena que se había organizado especialmente para este cometido. Al cabo de aquella comida se decidió que fuera mi padre el encargado de custodiar la suma reunida hasta el momento de su envío a Buenos Aires.

    Era ya de la medianoche de un día de invierno salteño, oscuro y brumoso, y como mi padre debía desplazarse con aquel montón de dinero desde la ciudad de Salta hasta su casa de Cerrillos, a unos quince kilómetros, se formó una pequeña comitiva de espontáneos dispuestos a escoltarlo. Esta comitiva estaba integrada por tres dirigentes peronistas de Salta de aquella época, dos de los cuales han fallecido ya.

    Ninguno de ellos eran ni doña Matilde Vedia ni don Olivio Ríos, citados antes; lo que equivale a decir que ninguno de los acompañantes de aquella noche era de la más estrecha confianza de mi padre.

    Estas tres personas entraron con él a la casa y permanecieron durante unos diez minutos en una habitación en la que se había dispuesto un escritorio improvisado, con una gran mesa cubierta por un fino paño de color granate, una máquina de escribir y un receptor de radio de largo alcance, todo alrededor de una hermosa salamandra de hierro forjado que alguien había regalado al dueño de casa.

    Los visitantes fueron convidados con alguna copa que les sirvió el anfitrión mientras los interiorizaba sobre la redacción final de la solicitada. A aquellas horas no era de esperar que fuera mi madre o cualquier otra persona de la casa, la que sirviera las copas. Es probable, pues, que en algún momento se hubieran quedado solos en aquella amplia habitación.

    Al cabo de unos minutos aquellos tres se marcharon casi en silencio. Pero cuando mi padre se dispuso a guardar el dinero en un lugar que sólo él conocía, se desencadenó el drama. Los gritos que venían de la habitación de adelante nos despertaron a todos. Mi madre y yo fuimos los primeros en acudir en auxilio y al llegar pudimos ver a mi padre, con el gesto completamente descompuesto, girando sobre sí mismo y preguntándose con insistencia dónde estaba aquel dinero.

    ¡El dinero de la solicitada había desaparecido! Al cabo de unos minutos llegó mi hermana y comenzamos a buscar aquellos billetes por toda la habitación, sin dejar ningún rincón por revisar.

    Al comprobar que el dinero no aparecía, mi padre no tardó en culpabilizarse a sí mismo. Lamentaba aquella pérdida tanto por el esfuerzo que habían hecho sus compañeros para reunir el dinero, como por la confianza que en él habían depositado, que no era casual ni gratuita, sino fruto de su honradez personal que le era bien reconocida por todos, incluso por sus más enconados adversarios políticos. Mi padre se hundió.

    Pero nunca tanto para eludir su responsabilidad en el extravío de aquel dinero, porque al día siguiente acudió a sus hermanos para que pudieran prestarle una cantidad igual con objeto de reponer la perdida. Aun experimentando una profunda vergüenza por aquel suceso, tuvo la presencia de ánimo necesaria para solucionar el tema casi de inmediato.

    Quien escribe estas líneas puede dar fe del enorme impacto que el desembolso impensado de aquella cantidad produjo en la economía familiar. Pero quitando aquella sensación de vergüenza que embargó a mi padre, tanto mi madre como él tomaron el asunto como una más de las tantas debacles que la práctica de la política produjo en la despensa familiar y en nuestra dieta durante casi cincuenta años.

    Sólo que esta vez fueron varios los meses de sequía continuada.

    Salvado aquel escollo y publicada, por fin, la dichosa solicitada, mi hermana y yo animamos a mi padre a reconstruir los sucesos de aquella noche. De no haberlo hecho oportunamente, es decir, casi de inmediato, la historia se habría cerrado atribuyendo a una torpeza propia el extravío de aquella suma. Pero la suerte quiso que pudiéramos reconstruir, con la paciencia y el celo de un arqueólogo, lo ocurrido aquella noche, desde el final de la cena hasta que los tres visitantes abandonaron la casa.

    Así fue que alcanzamos la convicción, a partir de evidencias absolutamente incontestables, de que el dinero llegó efectivamente a la casa de Cerrillos y que mi padre lo tuvo a la vista, o por lo menos, bajo su control, antes y durante la conversación entablada con los tres dirigentes que lo habían escoltado. Es posible que en algún momento el dueño de casa se hubiera ausentado de la habitación, bien sea para ir al baño o bien para convidar a los visitantes con algo de beber (el viejo truco del vaso de agua). Es posible también que, estando en su casa, se confiara demasiado y creyera tenerlo todo bajo control.

    A partir de este momento se perdería la pista del dinero.

    La conclusión obvia fue que alguno de estos tres personajes, o los tres puestos de acuerdo, se habían apropiado de este dinero, tras lo cual abandonaron la casa con cierto sigilo, traicionando la confianza de mi padre y a sus propios compañeros.

    Contra los deseos expresos de mi padre, mi hermana y mi madre mantuvieron entrevistas separadas con los tres sospechosos, que juraron por todos sus muertos no haber tocado siquiera aquel dinero. No hubo más remedio que creerles y dejar que la historia posterior revelara solita sus verdaderos caracteres.

    Como dije anteriormente, de los tres sospechosos dos se encuentran ya fallecidos y uno todavía está vivo.

    Uno de ellos, por su profesión, tenía una cierta posición económica que de alguna manera atenuaba las sospechas que pesaban sobre él. Mi hermana, que sólo contaba entonces con 29 años, mantuvo con este hombre una conversación en tono muy grave. Pero el hombre supo defender su inocencia y dio señales inequívocas de estar experimentando por lo sucedido un sentimiento de vergüenza ajena.

    Más tarde, este dirigente, en ejercicio de un importante cargo público, dio muestras de una inusual caballerosidad política y rindió un homenaje a mi padre después de su fallecimiento. Al día de hoy, casi nadie de los que conoce esta sórdida historia se anima a atribuirle la autoría de aquel hecho.

    Los otros dos eran conocidos desempleados políticos de larga duración. Carecían de profesión conocida y al menos uno de ellos vivía en perpetuo estado de necesidad, lo que no le impedía, por cierto, utilizar ciertas prebendas políticas, de las que disfrutaba con singular esplendidez, para educar a sus hijos en los colegios más caros y elitistas de la ciudad.

    Los acontecimientos políticos posteriores habrían de contribuir, y mucho, al acotamiento de las sospechas.

    Hoy, si bien la mayoría de los perjudicados por aquel vil robo tiene una certeza moral prácticamente absoluta respecto de la autoría de aquel hecho incalificable, jamás ha querido hacer sangre con este hecho, ocurrido hace 27 años.

    Los vaivenes de la política, guiados por la 'mano invisible', han ido colocando a todos los protagonistas de esta historia en el lugar que les corresponde y estableciendo sus responsabilidades de forma serena pero implacable.

    Este relato debe concluir aquí sin condenar a nadie que no se haya condenado solo antes; debe terminar sin mayores lamentaciones, porque aquella ofensa fue sorteada con una entereza y una dignidad al alcance de muy pocos.

    Lo que no es posible, ni antes ni ahora, es ignorar que no sólo la codicia estuvo en la base de aquel suceso; también lo estuvo la intención de dañar políticamente a una persona, a una familia; algo que felizmente no ocurrió.

    Después de 27 años es posible constatar la vigencia del mismo odio que guió la mano aviesa que se apropió ilegítimamente de aquel dinero. El mismo odio -no correspondido- que delató entonces al responsable y que sigue delatándole hoy.

    El odio que sigue poniendo de manifiesto, en fin, lo peor de la condición humana.

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