Desde el 1 de febrero de 1997

    El paludismo marcó la historia de Salta

    Durante casi cuatro siglos el paludismo marcó la historia de Salta, condicionó su evolución demográfica y su crecimiento económico e influyó en sus rasgos culturales. “Salta padece de paludismo mental”, afirmó provocativamente Joaquín Castellanos, a comienzos del siglo XX. La importancia decisiva que tuvo aquí el paludismo en el modelado de la sociedad, contrasta con el escaso interés de los estudiosos locales, reacios a incorporar esta enfermedad como una de las claves insoslayables al momento de intentar explorar las capas más profundas su proceso histórico.


    Un enorme, constantemente realimentado, e imbatible ejército de mosquitos, durante siglos puso en jaque a los habitantes de Salta: los debilitó y desanimó, los postró, minó sus fuerzas hasta el agotamiento y la muerte. Tuvieron que pasar muchos años para que se advirtiera el error de hablar de “mosquitos”, sin diferenciar entre los distintos tipos de mosquitos y su capacidad de mutar, lo que exigen diferentes modos de combatirlos.

    El “chucho” cabalgaba junto a los Jinetes del Apocalipsis: sus incursiones y la de las enfermedades pulmonares explican su alta mortalidad. Los viajeros los mencionan como el enemigo más pequeño y poderoso, cuya arma casi invisible tenía efectos letales.

    Los ejércitos realistas temían a los mosquitos tanto como a los gauchos combatiente liderados por Güemes. El paludismo se levantó como una muralla infranqueable para los inmigrantes europeos que, informados de la endemia en el Noroeste, borraban a esta región de sus ilusiones.

    El vacío dejado por nuestros investigadores en el abordaje de esta “enfermedad del medio geográfico”, fue cubierto parcial y fragmentariamente por algunos de ellos. Llama la atención que, salvo alguna excepción, no hayan encontrado eco y tampoco continuidad los trabajos precursores de Eliseo Cantón, en la última década del siglo XIX y el informe sobre salubridad de Salta que los expertos enviados por el gobierno nacional en 1899-1901. Hoy sólo los ancianos recuerdan el paludismo como amenazante y temible personaje: tienen memoria de sus males, de los mosquiteros, de la quinina y de las campañas antipalúdicas de un organismo nacional cuyo edificio aún en pie se conocía, paradójicamente, como “La Palúdica”.

    El paludismo explica, en parte, la decadencia y caía del Imperio Romano. Acaso ¿ya pasó a la historia? O, por el contrario, es un enemigo adormecido dispuesto a atacar de nuevo. “Demasiado tiempo la malaria ha sido una epidemia olvidada. Es una desdicha que el mundo haya consentido que las muertes por malaria se hayan duplicado en los últimos 20 años”, alertó Bill Gates en octubre de 2005, al anunciar la donación de 212 millones de euros para apoyar programas de lucha contra el paludismo en el mundo. Entre ellos, la vacuna que ensaya el equipo dirigido por el español Pedro Alonso.

    Al igual que en el tema del petróleo en Salta y los conflictos en torno a él entre 1920 y 1940, objeto de estudio por parte de historiadores norteamericanos, el caso del paludismo en esta provincia es tema de un exhaustivo trabajo de tesis del doctor en Geografía Eric D. Carter, quien la defendió recientemente en la Universidad de Wisconsin-Madison.

    El trabajo de Carter, titulado “Enfermedad, ciencia y desarrollo regional: erradicación del paludismo en el Noroeste argentino. 1890-1950”, está desarrollado en un texto de 552 páginas que acaba de recibir en donación la Biblioteca J. Armando Caro de Cerrillos (Salta, Argentina). La tesis de Carter incluye una amplia bibliografía, un glosario de términos científicos y de regionalismos, mapas, cuadros estadísticos, mapas y fotos de época.

    Carter estuvo en la Argentina a mediados del año 2001 y regresó en abril de 2002, becado entonces por la Fundación Nacional de las Ciencias de los Estados Unidos. Carter, que es además licenciado en Historia, investigó en bibliotecas de Buenos Aires, Tucumán, Jujuy y en Salta. “Mi visita a la Biblioteca J. Armando Caro de Cerrillos fue muy importante. Hay documentos allí que no he encontrado en otros lugares. Me acuerdo también de las postales y fotografías antiguas de Salta, las que pueden ser una fuente muy importante para reconstruir la historia ambiental de la ciudad y sus alrededores”, escribió en una carta fechada en agosto de 2001.

    La lucha contra el paludismo

    Para Eric Carter, la historia de la lucha contra el paludismo en la Argentina acentúa el papel importante de los médicos e higienistas y el de las instituciones a las que pertenecían. Uno de los más importantes es Carlos Alberto Alvarado, médico jujeño y destacado experto en paludismo, cuyas principales acciones “casi llegaron a erradicar esta enfermedad del territorio nacional a partir de los años de 1940”.

    Alvarado, gracias a su dedicación a la investigación científica y su capacidad para organizar campañas de salud pública, transformó el programa de lucha antipalúdica de uno que no cumplía con sus metas a uno con más energía y exitoso. Carter no niega el papel de Alvarado y el de las instituciones que el lideró y reorganizó ya que, sin duda, él fue la figura más importante de la lucha antipalúdica en la Argentina.

    El trabajo de Carter está basado en criterios, conceptos y métodos de la geografía, de la historia social y ambiental, y de la historia de la medicina. “Mi propósito es intentar aplicar una perspectiva más amplia a la historia de la lucha contra la malaria”, explica Carter a Iruya.com.

    “Sobre todo, me propuse ubicar esta campaña en un contexto social y geográfico que va más allá de los hechos y las acciones de los médicos sanitaristas. Propongo que la ideología y la política de la campaña encuentran sus orígenes en la preocupación de las élites del Noroeste por el retraso socio-económico de la región durante el apogeo del crecimiento del país alrededor del año 1900”.

    Aquella élite percibía el paludismo como el mal característico de la zona, símbolo de las malas condiciones ambientales, sociales y sanitarias y, por lo tanto, la eliminación de esta enfermedad sería clave para el progreso de la región. La tesis de Carter incluye un enfoque de la época anterior a la actuación de Alvarado: desde los primeros estudios del paludismo argentino en la última década del siglo XIX, hasta los años ’30 del siglo XX.

    Eliseo Cantón, un precursor

    Los primeros importantes estudios científicos del paludismo en la Argentina fueron realizados por el doctor Eliseo Cantón a fines del siglo XIX. Producto de este esfuerzo es su libro “El paludismo y su geografía médica en la República Argentina”, editado en Buenos Aires por la Facultad de Ciencias Médicas en el año 1891.

    Cantón también ejerció varios cargos públicos a nivel provincial y nacional. Es autor de un excelente estudio sobre las aguas termales en la Argentina, libro que comienza con una investigación sobre la historia de las de Rosario de la Frontera en Salta. Fue Senador de la Nación. Con esta capacidad se propuso luchar para conseguir fondos para llevar adelante campañas de lucha contra la malaria el que, a su vez, formaba parte de un programa más amplio destinado a mejorar las condiciones sociales y económicas de Tucumán y las provincias del Noroeste argentino.

    Según Carter, “la ideología y política de Cantón sirven como un buen punto de partida para entender los verdaderos motivos de la lucha antipalúdica”. En el año 1895, Cantón presentó un proyecto de ley en la Cámara de Diputados de la Nación solicitando al gobierno federal el préstamo de un millón de pesos para la provincia de Tucumán, para dotar de agua potable a la ciudad capital de esa Provincia.

    En su discurso en la Cámara, Cantón subrayó el motivo de su proyecto: proteger la salud pública. En primer lugar, de la amenaza del paludismo. Lamentó la irónica presencia de “los miasmas palúdicos” en el supuesto “Jardín de la República”. A ese discurso siguió un artículo publicado ese mismo año: “Hágase desaparecer el ‘chucho’ de las regiones donde es endémico, o por lo menos propéndase a su disminución, y garantizamos que la agricultura se desarrollará sola. Los brazos van donde existe tierra fértil como los de las provincias del Norte, pero el temor de la malaria detiene su paso. Combatir el paludismo es, pues, fomentar la agricultura”.

    Desigualdad entre regiones

    Si bien Cantón se equivocaba, desde el punto de vista de la medicina moderna, en relacionar el paludismo con miasmas, y el control del paludismo con la provisión de agua potable, sus palabras presentan varias temáticas que seguirán influyendo la política de la lucha antipalúdica, esto a pesar de los cambios en el conocimiento de la naturaleza de esta enfermedad.

    Primero, la lucha contra el paludismo, aunque en una etapa todavía embrionaria, ya estaba ligada al tema del desarrollo social y económico de las provincias del Norte. Segundo, se destacaba la diferencia profunda entre Buenos Aires y el interior en cuanto a la provisión de infraestructura sanitaria, lo cual explicaba, en parte, el gran desequilibrio económico entre la capital y el interior. Tercero, se decía que el temor al paludismo restringía o impedía la llegada de inmigrantes europeos al Noroeste argentino, justo en la época cuando ese flujo de inmigración estaba en su punto más alto.

    Finalmente, la lucha contra el paludismo se ubicaba dentro de un programa más amplio de desarrollo agrícola: las obras de saneamiento (construcción de acequias y canales de riego, el drenaje de pantanos, la plantación de árboles como el eucalipto para secar el terreno) a su vez, mejorarían el potencial productivo del campo. El Parque San Martín, en la ciudad de Salta, se proyectó con la idea de eliminar focos de paludismo, además de proporcionar un espacio verde a la ciudad y un sitio recreativo, sobre el que estos últimos años avanzó el cemento y la depredación.

    Una y otra vez, explica Carter, se evidenciaban estas conexiones entre la lucha antipalúdica y el desarrollo económico de estas provincias, tanto en la retórica como en la política concreta de la región. En 1907, el gobernador de Tucumán, Luis F. Nougués, promovió una ley para desecar y sanear los terrenos pantanosos a través de obras de riego. Se esperaba que esta ley hiciera posible la habilitación de nuevos terrenos agrícolas para acelerar el crecimiento de la economía rural. Pero el argumento principal era por lo que podía influir en el mejoramiento de la salud pública y, en consecuencia, en la calidad de vida de los habitantes.

    Obras de drenaje

    El estudio sobre la salubridad en Salta arrojó resultados pavorosos: a comienzos del siglo XX las condiciones de vida de los salteños era casi similar a la de sus antepasados de los siglos XVIII y XIX. Se descubrió que el seductor paisaje del valle donde Hernando de Lerma decidió erigir la ciudad era un velo que ocultaba el hecho de haber emplazado la ciudad sobre pantanos en los que proliferaban los mosquitos. Todavía, hacia mediados del siglo XIX, un viajero inglés describió a Salta como una de las ciudades más sucias e insalubres de cuantas había visitado.

    Las medidas propuestas por Nougués en Tucumán también eran necesarias en Salta. Al día siguiente del discurso del gobernador tucumano, el diario “El Orden” publicó una nota editorial sobre el tema. “Pero ante todo y por encima de todo, existen fundamentales razones de salubridad pública que hacen indispensable en Tucumán la realización de obras de desecación y drenaje. ‘Las tierras palúdicas’, se dice con terror en el Litoral y el extranjero al hablar de esta región del país. Y ante ese fantasma, la inmigración se detiene, los capitales no se arriesgan, el trabajo no se atreve a venir aquí, a desafiar los peligros de la endemia”.

    Se supone que este proyecto legislativo, luego convertido en ley, y otros proyectos parecidos, realmente pretendía mejorar las condiciones de salud de los habitantes del área rural. Pero también se puede argumentar, explica Carter, que el control del paludismo era sólo un pretexto para conseguir un subsidio del tesoro público para hacer obras que aumentarían el valor de los terrenos inútiles, beneficiando a los grupos e intereses más poderosos, como eran los azucareros en Tucumán.

    Por otro lado, el miedo a crear nuevos focos palúdicos fue aprovechado por legisladores tucumanos que se opusieron a un proyecto de ley que pretendía fomentar el cultivo del arroz con fines de diversificar la economía rural en una provincia marcada por el monocultivo y con importante incidencia del minifundio.

    Traer progreso desalojando el paludismo

    La tesis que la desaparición del paludismo traería inmigrantes y desarrollo económico fue sostenida entre 1890 y 1940 por políticos, periodistas, escritores y médicos.

    Esa atractiva tesis no pertenecía a ningún grupo en particular: atravesaba a todos ellos.

    Benjamín Villafañe, gobernador conservador de Jujuy, sostenía esa idea que también defendía el socialista Alfredo Palacios, que viajó al Noroeste y escribió dos libros sobre la miseria que observó allí.

    Palacios fue un gran promotor de legislación para luchar contra el paludismo y otras enfermedades regionales, que denunciaba como producidas por la pobreza y reproductoras de miseria. Un buen remedio, según un viejo dicho toscano, “es una olla bien colmada”. Según Grassi, “el problema del paludismo está en la cazuela”.

    El senador Leopoldo Bard y el economista Alejandro Bunge enfatizaron sobre la importancia de esa lucha y los beneficios que traería para la economía del Noroeste su erradicación. El atraso económico y social del Noroeste argentino, el diagnóstico de su situación y las propuestas para superar alguno de los males crónicos de mayor gravedad no datan de 1945, como pretende una historiografía sesgada empeñada en adjudicar el descubrimiento de lo nacional y lo social al primer peronismo.

    “Hasta los mismos higienistas y sanitaristas del Departamento Nacional de Higiene, quienes supuestamente se guiaban por la investigación científica e imparcial, sostenían esas mismas ideas”, anota Carter. El médico tucumano Gregorio Araóz Alfaro afirmó en muchos de sus discursos y textos periodísticos que el saneamiento de terrenos improductivos y el control del paludismo eran casi sinónimos.

    En 1916, José Penna y Antonio Barbieri escribieron: “El paludismo ha constituido, durante largos años, una valla a las corrientes inmigratorias, desanimando al extranjero trabajador a internarse en esas regiones, que la fama ha pintado con colores siniestros”. Barbieri, que lideró la lucha antipalúdica durante años, esperaba que el saneamiento de focos palúdicos fuera parte de un programa de desarrollo agrícola integral, que incluyera” la subdivisión de los grandes dominios territoriales, el cultivo intensivo, la mejora de la vivienda obrera, y la formación de cooperativas (…) de saneamiento agrario higiénico”.

    Lucha correcta, medios equivocados

    Carter explica que “reconocer estas bases política e ideológicas de la campaña contra el paludismo ayuda a contestar una pregunta sugerida por otros estudios históricos sobre esta lucha. ¿Por qué seguía el Departamento Nacional de Higiene (DNH), por tantos años, utilizando métodos para combatir el paludismo, como el drenaje y desecamiento de pantanos, que obviamente no rendían buenos resultados?”

    Una posible respuesta, añade el doctor en Geografía, es que las viejas ideas fueron superadas por progresos y aprendizajes en el campo de la epidemiología y entomología; pero esta tesis es insostenible, ya que los hábitos muy especiales del mosquito portador del Noroeste argentino, ‘Anopheles pseudopunctipennis’, fueron reconocidos por Guillermo Paterson ya en 1911, mientras el uso de métodos inútiles siguió por unos 25 años más.

    Carter introduce una propuesta innovadora: la idea que el control del paludismo y el saneamiento agrario eran inseparables, se desarrolló durante una época en la que el desequilibrio económico nacional, la falta de inmigrantes en el interior del país, el desaprovechamiento de la tierra y las malas condiciones sanitarias, eran percibidas como componentes de la misma problemática.

    “En este contexto, parecía tan lógica y atractiva la teoría del saneamiento agrario que se convirtió en una especie de ideología dominante, la cual no admitiría otras posibilidades. Hay que destacar que esta actitud estuvo influida por exitosas campañas en el extranjero”, dice Carter. Tanto los promotores de la lucha antipalúdica como los científicos que la llevaron a cabo, se mantuvieron a tanto de los progresos de programas contra la malaria en países como los Estados Unidos e Italia, los cuales sí utilizaron con éxito métodos de saneamiento agrícola.

    “Sin duda fue muy tentador pensar que la lucha antipalúdica en el Noroeste argentino pudiera contribuir al desarrollo agrícola como se mostraba en esos países. Italia, en particular, presentaba paisajes productivos, prolijos, casi utópicos como resultado del saneamiento integral. Esta geografía de salud y riqueza servía como modelo o meta para muchos líderes del Noroeste argentino que soñaban con dejar atrás el paludismo y cambiar la trayectoria de su querida región”, concluye Carter.

    Es importante y necesario que este valioso aporte de Eric Carter sobre un tema clave para comprender la historia de Salta y del Noroeste argentino, como las anteriores contribuciones de otros investigadores norteamericanos como Frederick Hollander, Roger Haigh, James Scobie y Nicholas Biddle fueran traducidos y editados en castellano. La distancia cultural es también una medida de nuestro atraso económico y nuestro retraso intelectual. A veces no hay más efectivo modo de acabar con lo local y tradicional, que cultivando la cerrazón mental y montando simulacros de tradicionalismo de baja estofa.

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