José Etchelus Polo

Imprimir
José Etchelus PoloEl cargo oficioso de Embajador de Salta en París tiene, desde hace veintiséis años, un titular indisputado e indiscutible. Esa función es ejercida, de forma vocacional, por un salteño inclasificable, de aquellos que, por carácter y personalidad, constituyen un desafío para las etiquetas y las categorías predefinidas. Hablamos de José Etchelus Polo, quien a sus 53 años ya ha vivido más tiempo en Francia que en la Argentina y que ha dedicado buena parte de este tiempo a servir de forma desinteresada a sus comprovincianos de paso por la muy bella ciudad de París.

Hasta París precisamente se ha trasladado un equipo de Iruya.com con el fin de entrevistar a este salteño tan particular y conocer mejor su apasionante historia. La primera parte de la entrevista transcurre en su apartamento del distinguido barrio de Parc Monceau. La segunda, en una preciosa sala de L''Hotel, un romántico hotel de la rive gauche que supo ser el refugio parisino de Oscar Wilde.

Esta crónica no estaría completa ni reflejaría con fidelidad los acontecimientos, si no dejáramos constancia aquí de que camino hacia Parc Monceau se produjo un encuentro de aquellos que sólo pueden ser atribuidos a la magia y al encanto de la ciudad luz: andando por Boulevard Saint Germain, tuvimos un fugaz pero intenso encuentro con Paul McCartney. El ex-Beatle -probablemente el músico vivo más influyente en la cultura occidental de los últimos 45 años- nos saludó sonriente para luego seguir su camino. Se hallaba en París asistiendo a la Semaine de la Mode de París (1 al 9 de octubre), en donde su hija, la diseñadora Stella McCartney, presentaba colección.

Este encuentro callejero fue el mejor presagio para nuestra entrevista con José Etchelus, el Nene Etchelus para quienes le conocen desde su infancia. Al llegar lo encontramos exultante en su rincón parisino, un lugar rodeado de recuerdos y de sosiego, en donde se aprecia con nitidez el contraste entre la iconografía típicamente salteña y los detalles del magnífico entorno del edificio Napoleón III en que se encuentra emplazado su bello apartamento.

Locuaz, elegante, conversador exquisito y culto, José Etchelus no presume ni alardea de nada y se siente tan cerca de Salta que no ha perdido ni siquiera un poquito de su acento salteño. Su conversación y sus modales revelan su preferencia por las costumbres y modismos de nuestra tierra, pero sin ocultar su profunda y provechosa asimilación de la cultura europea.

Llegado a París un 13 de febrero de 1980, José Etchelus ha vivido en este país situaciones de las más variadas, desde la caducidad de su visa de turista al poco tiempo de su llegada, hasta disfrutar de inmunidad diplomática durante el tiempo en que fue un destacado funcionario de la Embajada Argentina en Francia. Hoy, alejado de la diplomacia formal y más burocrática, se ha volcado de lleno a la actuación, aunque alterna sus papeles actorales con el ejercicio de sus dotes de diplomático. Su último papel en el cine ha sido el de un hombre de negocios en la comedia Du Jour au Lendemain (2006), de Philippe Le Guay. Como diplomático por vocación, dedica sus esfuerzos a dos grupos bien definidos: el de los salteños, por un lado, y el de los artistas argentinos por el otro.

Autodefinido como "hombre de contactos" por herencia familiar, José Etchelus es un personaje clave para acceder a determinados circuitos culturales de la capital francesa. Su personalidad abierta y comunicativa le ha permitido hacerse de amigos no sólo en el mundo de la cultura, sino también en el de la nobleza y el de la alta burguesía parisina, sin perder -como él mismo dice- su condición de salteño.

¿Cómo un salteño tan salteño como tú nace en Tucumán?

Es cierto. Yo nací en Tucumán el 8 de mayo de 1953, pero me crié en Salta. Mis padres estaban de paso por Tucumán, en casa de unos tíos míos. Yo me adelanté un poquito y nací en Tucumán. Pero al poco tiempo me llevaron a Salta, y si bien adoro Tucumán, soy salteño. Mi padre se llamaba Juan Emilio Etchelus Lasala, de familia porteña, y mi madre, Ana María Polo Villegas, salteña. Durante los primeros años de su matrimonio mis padres vivieron en Buenos Aires, pero mi madre extrañaba a sus hermanas, a sus ñañas. Mi abuelo Ignacio Polo estaba ya gravemente enfermo y antes de morir le pidió a papá que se instalase en Salta. Mi padre accedió y desde entonces vivieron en Salta.

¿A qué se dedicaban tus padres?

Papá había empezado una carrera militar que luego dejó y si bien su familia tenía campo en Buenos Aires, él siempre fue un relaciones públicas. Era representante de vinos y de otros productos. Antes de trasladarse a Salta mi abuelo Ignacio le aseguró que los contactos de la familia en Salta le iban a permitir seguir ejerciendo su actividad, ya que mi familia era muy conocida y estaba bien conectada. Mamá era maestra jardinera y trabajaba en la Escuela Sarmiento.

Tuve una infancia muy feliz con papá, mamá, con mi abuelita Mónica Villegas, que murió cuando yo tenía 8 años, a quien recuerdo como si la hubiera tenido hasta ahora. Ella marcó mucho mi infancia, como lo hicieron también las dos hermanas de mamá, solteras. He sido un niño muy querido, muy rodeado y con una linda familia.

¿Y el resto de tu familia?

Tengo una sola hermana, Mónica Etchelus de Griggio Bejarano, casada, ahora viuda, que tiene cuatro hijos y a Elsita Solá, que nos crió a mi y a mi hermana. Además, mis cuatro sobrinos, que son todos ya jovencitos, todos salteños y residentes en Salta.

¿Qué recuerdos tienes de tu primera educación escolar?

Hice toda mi educación primaria en la Escuela Sarmiento en donde mi madre era maestra. Entre mis maestras, que fueron todas buenas, recuerdo con mucho cariño a Elena Juárez de Virgili. Fue mi maestra cuando yo tendría ocho años. En esa época yo me puse a escribir y ella me alentó mucho, porque a mi me gustaba escribir y hacía lindas composiciones. Eso me permitía pasar por inteligente, aunque no lo fuera tanto en realidad. Hubo una composición que me hizo "famoso" en toda la escuela Sarmiento. Las maestras preguntaron a los niños qué querían ser de adultos y debíamos responder en una composición. Unos dijeron que querían ser generales, otros médicos, ingenieros, abogados... Yo dije que quería ser sacerdote para llevar el cáliz de salvación a almas de Oceanía. No sé de dónde me vino eso a los ocho años, tal vez sería porque yo leía desde muy chiquitito. Pero la composición y la respuesta asombraron en su momento.

Seguí escribiendo poemas y ensayos, de forma casi ininterrumpida hasta los 22 años. Después, consideré que era más importante mi vida interior que lo vivido y que tenía que dejar de escribir, tenía que vivir.

¿Qué ha sido de esos escritos?

Conservo la mayoría de mis escritos. Algunas cosas me han publicado, algunos poemas. Dos poetisas salteñas me hicieron poemas festejándome. Una fue la señora Cristina Novoa de Darlan, que fue subdirectora de la Biblioteca de Salta, cuyo marido era sobrino del gran almirante Darlan que está en la historia francesa y que trabajó con el mariscal Petain. La otra fue la señora Porota Albeza de Trogliero, que me hizo un lindo poema. Tuvieron la gentileza de hacerlos. Me llamaban el niño poeta o cosas así, que eran muy halagüeñas.

¿Qué leías cuando eras niño?

Embajador de Salta en ParísAprendí a leer a los tres años, quizá porque mi madre era maestra jardinera. Ella estaba asombrada, porque iba por la calle, en el centro de Salta, por la calle Alberdi y leía carteles de comercios que ahora ya no existen: La Tropical, El Guipur, Heredia... Mi madre pensó que era una coincidencia. Pero yo deduzco que, como a veces yo iba a la escuela con ella, y sus alumnitos tenían cinco años, ahí aprendí a leer solo escuchando a los otros niñitos.

Siempre me gustó la lectura. Había una criada en mi casa, Ramonita Gutiérrez, de la que tengo el mejor recuerdo, porque era un amor, a quien pedía que me leyera Hamlet. Y yo tenía cinco años. La gente se preguntaba cómo podía entender Hamlet pero yo entendía, como un niño entiende una historia como esa. A grandes rasgos, pero no con la compenetración psicológica de un adulto. Ramonita me leía siempre antes de dormir.

Todo esto está también conectado con mi vocación actoral. Siempre me gustó la actuación. Cuando mis padres recibían, a veces venía yo con un banquito, estiraba la mano a alguien para que me ayudara a subir al banquito, porque yo era chico (tendría cinco o seis años). Declamaba poemas, aunque a veces montaba estampitas y hablaba de algún santo, porque en mi casa eran muy católicos. Después todos me aplaudían y yo volvía a estirar la mano para que me ayudaran a bajar. O sea que yo ya traía hasta la infraestructura para montar la pieza y hacía reír a todo el mundo.

¿Qué recuerdos tienes de tu paso por el secundario?

Estudié el secundario en el Instituto San Alfonso. Soy alumno fundador y primera promoción del colegio. He tenido profesores muy adorables. Por ejemplo, me acuerdo de Silvia Arias de Clement que fue un amor de persona. Pero no quiero nombrar para no olvidar injustamente a alguien. La mayoría han sido profesores buenos. Entre ellos, mi profesora de Historia, Laly Figueroa Solá, que era un amor. Yo adoraba la Historia y tenía un súper feeling con ella. También le agradezco todo lo que me ha enseñado. Laly te hacía vivir la Historia porque te la contaba como una cosa vivida, y no con el dato puntual de la batalla, el nacimiento, que aburre a los chicos. Lo contaba como una cosa cotidiana, como si hablásemos del vecino. Pienso que es la manera más pedagógica de hacer vivir la Historia. Hacer saber que los héroes son seres humanos como nosotros, y que tenían las mismas miserias, las mismas grandezas, las mismas penas, las mismas alegrías, y contarlo en un lenguaje como el nuestro.

Como te dije antes, siempre pasé por buen estudiante. Cuando estaba en la primaria yo estaba siempre en los cuadros de honor y estuve entre los mejores cuando había que rendir para la bandera o para la medalla de oro. Nunca, sin embargo, me consideré de los mejores. Quizá tendría una cierta simpatía y como escribía poemas pasaba por inteligente. Pero en matemáticas era nulísimo. Tuve la suerte de que todas las maestras me quisieran y mimaran. Estaba entre los destacados de la clase, pero pienso que se debía a que yo era teatrero, charleta o porque escribía.

Más tarde, tu vida universitaria...

Terminado el secundario me fui a estudiar Derecho a Tucumán. Ingresé con 16 ó 17 años, al poco tiempo de morir mi padre. Elegí Tucumán porque deseaba estar más cerca de mi madre. El fallecimiento de papá nos entristeció mucho y mis planes de estudiar en Buenos Aires se pospusieron. Mi intención era la de estudiar Derecho para seguir la carrera diplomática. Así empecé en Tucumán, en donde hice una carrera bastante extraña. En tres meses me hice todo el primer año y la mitad del segundo. Por estar en todas las mesas examinadoras me hice muy conocido en la facultad. Yo mismo no entendía. Pero fue así.

Después las cosas cambiaron. Me hice de amigos, empecé a salir y entonces ya fui mucho menos brillante. Pero aun así, todo el mundo tocaba la puerta de mi casa porque quería estudiar conmigo. Me consideraban un ejemplo. Pero yo no me daba cuenta de que pasaba todo eso. Yo estudiaba y estudiaba porque eran las materias culturales. Me encantaba la Historia, la Filosofía, la Sociología de Augusto Comte... Esta afinidad por el conocimiento cultural me permitió avanzar rápidamente en mis estudios. Pero cuando entré a las codificadas me di cuenta de que no era mi carrera y me empecé a aburrir.

En Tucumán viví primero en la calle Mendoza, arriba del famoso Io bar, que después se llamó el Bonaparte. Era un bar que estaba a la vuelta de la iglesia de los franciscanos, a la vuelta de la plaza. Allí viví con dos chicos amigos. Después viví en la calle Corrientes casi esquina 25, en lo de una familia Posse, que me alquilaba una habitación que estaba en un segundo patio. Si bien yo quería vivir solo, uno de mis amigos de Salta -Ricardo Spangenberg- quiso venir a vivir conmigo. Eso fue en el último año. Ricardo, tenía un año menos. Fue un hermoso año.

Después te fuiste a Buenos Aires.

En la sala de Oscar WildeLlegado un momento en mi vida, consideré que debía de trabajar. Que si bien mi madre me podía mantener, por más que estudiara, yo tenía ya edad para trabajar. Me parecía hasta cierto punto inmoral que me mantuviera mi madre. Pero era idea mía.

Tenía un tío en Tucumán con muchas vinculaciones. Trabajaba en la parte cultural de la Universidad y fue director interino de dos teatros de Tucumán. Yo le pedí que me consiguiera un puesto. Pero él nunca me conseguía nada. Sólo me decía: "estoy buscando algo bueno para vos". Lo que sucedía en realidad es que mi mamá le había dado la orden de no darme trabajo. Ella pensaba que si me ponía a trabajar largaba los estudios.

Estaba decidido a irme a Buenos Aires, pero no tenía plata. Habían pasado dos años y medio desde la muerte de papá y pensé que era un buen momento para seguir mis estudios en la capital. Le pedí plata a mamá pero me dijo que no, que tendría plata sólo para mis vacaciones y no era época de vacaciones.

Entonces empecé a buscar en un bar en donde estaban mis amigos, muchos de los cuales eran jugadores de rugby. Yo que nunca he jugado al rugby, mis amigos eran rugbistas en Tucumán. A mis amigos les pedí que si sabían de alguien que fuera a Buenos Aires en auto, me avisaran. Ricardito Spangenberg, que vivía conmigo, vino corriendo un día y me dijo: "José, acabo de conocer un señor que está en un bar frente al correo. Vos lo ves y parece un arquitecto, pero es camionero, y va a Buenos Aires".

Me lo presentó. Yo tenía que tener un poco de plata. Se me ocurrió vender lo único que tenía mío que era un grabador. Así fue que partí a Buenos Aires con este señor, a escondidas de mi madre. Para mi era un señor, porque yo tenía 18 años y él unos 35. Era un tipo muy preparado, estaba casado, tenía una discoteca y era muy particular (yo no entendía que un camionero tuviera discoteca). Tenía plata, vivía en un barrio elegantísimo de Buenos Aires. Este hombre me contaba que trabajaba en el camión porque tenía planes de tener tres o cuatro. El día que lo consiguiera dejaría de manejar y se dedicaría a otro tipo de vida.

¿Y al llegar a Buenos Aires qué hiciste?

Cuando llegué a Buenos Aires contacté a Ramiro Caro, que trabajaba en la oficina de su padre, el senador J. Armando Caro. Gracias a ellos fui nombrado en tribunales, siendo yo estudiante avanzando de Derecho. Mi puesto de trabajo estaba en la Cámara de Apelaciones en lo Comercial, que integraba un salteño ilustre, el Dr. Miguel Herrera Figueroa. Yo no lo conocía, a pesar de que su hermana y sus primas eran íntimas amigas de mi madre y de mis tías. Pero como las familias eran amigas, yo ya tenía un cuarto año de derecho y mucha buena voluntad, por suerte me nombraron. Por eso siempre digo y repito que yo le debo a Ramiro y a su papá el haber podido estar en Buenos Aires. Esas cosas no se olvidan.

Cuando me incorporé a la Cámara, el doctor Herrera Figueroa estaba de viaje en los Estados Unidos, y, como te dije, no lo conocía personalmente. Yo me moría de vergüenza pensando que estaba en su oficina y cuando volviera de Estados Unidos podía cruzármelo y no saber quién era. El secretario me tranquilizó prometiéndome que el primer día me lo presentaría, así que cuando conocí al doctor Herrera Figueroa aproveché para agradecerle el nombramiento. Él sabía que yo era hijo de Anita Polo Villegas y me trató muy bien, igual que todos los que trabajaban allí.

Mientras tanto, continué mis estudios en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Alquilé un departamento hermoso en Belgrano. Me lo alquilaba un amigo que se había venido a Europa, por un muy buen precio. Después viví por Las Heras y Pueyrredon, en el pasaje Gutiérrez, y luego en la avenida Santa Fe entre Ayacucho y Junín. Ese fue mi último departamento en Buenos Aires.

En Buenos Aires también estudiaste teatro...

Tuve la suerte de estudiar teatro en Buenos Aires con Hedy Krilla. Ella era una judía austriaca ya mayor, que formó a los mejores actores argentinos con el método del Actor''s Studio. Allí se entraba por concurso. En esa época yo estaba fascinado con Lucchino Visconti, uno de los mejores directores del mundo. Ansiaba poder estudiar con ese aristócrata italiano, refinado e inteligente.

Y sucedió algo mágico, estando de visita en casa de los Caro Figueroa en Buenos Aires. Los Caro eran entonces unos estupendos radioaficionados. Fascinantes. Hablaban con todo el mundo y tenían como corresponsales a algunos famosos como Marlon Brando y su hijo. Ese día contactamos por azar con un funcionario de un ayuntamiento italiano cuyo nombre recuerdo perfectamente: Luigi Filareto. Vivía en la via Merulana. Este radioaficionado nos contó que Visconti iba a dar un curso en la ciudad y que podía hacer los trámites para que me admitieran al curso, incluida una beca que convocaba el ayuntamiento romano. Lamentablemente, cuando tuvimos que repetir el contacto las condiciones de propagación no eran buenas y no pudimos volver a ubicar a Filareto. O sea que pasó como una cosa de sueño. Finalmente cuando pudimos tener noticias de Italia, Lucchino Visconti ya estaba muy enfermo y murió. O sea que el curso no se hizo nunca.

Pero igualmente decidiste dar el salto a Europa.

Efectivamente. Decidí que no quería estudiar más Derecho, aunque me faltaba un año y medio para recibirme. Pensaba que si quería hacer diplomacia tenía que esperar demasiado tiempo para que me mandaran a Europa.

Así fue que llegué a París un 13 de febrero de 1980, decidido a hacer cine o teatro, para lo que me consideraba bien formado. Cuando llegué me enfrenté a un montón de inconvenientes porque no había forma de que me dieran documentación en Francia como actor. No te la dan, no les parece una cosa seria.

Traía recomendaciones para el embajador de entonces, que era Anchorena. Con él tenemos un parentesco muy lejano porque creo que una de sus abuelas era una Lasala. El embajador me recibió en realidad porque era amigo de un tío mío del lado de mi madre. Me dijo que no había nada, pero que me tendrían en cuenta para un trabajo, considerando mi currículum vitae, en el que figuraba mis casi cuatro años de derecho, cursos de política internacional y el hecho de hablar cuatro idiomas. Estuve un año y medio viviendo con plata que había traído de la Argentina, porque el cambio me favorecía.

En el Jardin du CarrouselCuando ya me estaba quedando pobre, con un amigo francés nos pusimos un laboratorio e hicimos fotos de moda. Entretanto, me llamaron de la embajada y me dijeron que mi puesto ya estaba. En realidad me inventaron un puesto porque no había.

Mi trabajo en la embajada me permitió vivir bien, tener papeles e inmunidad diplomática. Mi trabajo era como funcionario local administrativo y ahí permanecí diez años. Me hubiera gustado estar en el área cultural, pero mi puesto pertenecía a la Secretaría General.

A comienzos de los noventa, y a raíz de que el Estado argentino no nos podía pagar, nos fuimos seis funcionarios de la embajada. Dos años después se fueron otros seis. Aunque años más tarde, paradójicamente, mandaron a nuevos funcionarios políticos con sueldos que cuadruplicaban el nuestro.

A pesar de todo decidí quedarme en París. Tuve que volver a hacer mis papeles como si acabara de llegar a Francia. En mis papeles dice que yo llego a Francia en 1990 cuando en realidad estoy aquí desde 1980. Porque mientras estuve en la embajada estaba en territorio argentino. Pero como ya tenía relaciones y amigos en Francia de alto nivel, me apoyaron y me dieron los papeles, cosa que es muy difícil en Europa.

Entonces así logré quedarme y me propuse hacer cine. No lo hago con la idea de ser famoso o conocido como uno lo hace cuando tiene veinte años, sino que lo hago como un pasatiempo, como una cosa del destino; lo hago porque hay que hacer algo en la vida, y si resulta, resulta. Es una cosa que me divierte. Me gusta la actuación. Tengo una inglesa (Cindy Brace) que es mi agente artístico y a veces hago películas, hago cositas, hago publicidad y estoy en la dura carrera de actor que es una carrera kamikaze. Y yo como soy un kamikaze es lo que estoy haciendo.

Han sido muchos los salteños que han pasado por París a verte. ¿Qué rescatas de esta experiencia?
En Sacre Coeur Han sido tantos que he perdido la cuenta. Después de más de veintiséis años de recibir a comprovincianos, siento una gran satisfacción por haber podido serles útil. No me lo propuse, vino solo. Los salteños, así no me conocieran, así no tuvieran mi dirección, sabían que había un salteño trabajando en la Embajada Argentina en París, así que no había escape.

Bastaba que me dijeran que eran salteños para que mi corazoncito hiciera un clic, aunque no los conociera. Yo los recibía con todo gusto, sea que fueran amigos de amigos, parientes o simples conocidos. Incluso recibí a gente a la que sólo conocía de vista y luego terminamos haciéndonos amigos aquí. Por eso siempre digo, en forma irónica y risueña, que soy el embajador salteño en París, porque he recibido a la nobleza, al clero y al pueblo. A todo el mundo, desde el más humilde hasta el más encumbrado.

Tienes una forma muy especial de tratar con ellos. Cuéntanos cómo los atiendes.

A mi me gusta reírme, divertir y divertirme. Por eso, me valgo de la idiosincrasia salteña en común para hacer conocer París y su historia a través del humor. Además, soy un provocador. Por ejemplo, estando en Versalles, en la milésima vez que iba con salteños, mientras contemplaban absortos la cama de la reina María Antonieta y del rey Luis XVI, cuando yo me daba cuenta de que estaban perfectamente instalados en un clima versallesco de pleno siglo XVIII, les cantaba: "Vuelvo al pago de mis mayores a esos montes donde nací". "Callate, nos cortás el clima", me decían. "Para eso lo hago", les respondo yo.

¿Te lo han reconocido?

Mucha gente que yo he recibido, cuando he vuelto a Salta, han tenido muchísimas atenciones conmigo. Me daba vergüenza porque estas atenciones excedían mucho lo que yo había hecho por ellos. Alguno que otro se ha olvidado; ha habido algunos ingratitos, pero eso no importa.

¿Recuerdas alguna anécdota de salteños en París?

Sí. Una vez vino un salteño, que no voy a nombrar. Estábamos frente a Notre Dame y le digo, "Mirá, esto es Notre Dame". Me dice: - "No, mentira, me estás mintiendo". - "Pero cómo te voy a mentir. ¿No habías visto Notre Dame ni en una carta postal? Si hasta los perros conocen Notre Dame". Era tan ignorante este chico que no había visto nunca Notre Dame y yo no podía creer. Y yo le decía: "Sí, ésto es Notre Dame; no va a ser La Merced en Salta".

¿Cuál es en general la actitud de los salteños frente a esta ciudad monumental, en qué cosas se interesan?

José Etchelus Polo El salteño tiene una actitud muy respetuosa ante la historia. Quiere aprender, quiere conocer. Yo siempre trato de pasearlos, de enseñarles con humor, hacerlos reír, divertirlos. Así es mucho más agradable. Les entra mucho más el linaje de los borbones con risa que si me pongo en opa solemne. Después les digo: "No, idiota, esta es la reina fulana de tal, ignorante". Y nunca se enojan, porque esto es una broma.

También ha habido opas solemnes que han venido a tocar mi puerta, pero al final he terminado domesticándolos con humor. Una vez vino uno de Salta que se puso furioso porque unas chicas que trabajaban en Eurodisney no le entendían. "¡Che éstas no me entienden! decía". Y yo, un poco enojado, le dije: "Pero por qué te tienen que entender a vos. Esa chica habla cuatro idiomas y tenés que bajar tu arrogancia porque estás en la capital del mundo y sos vos el que tiene que hacer el esfuerzo de que te entiendan. No tratés así a la gente, esta pobre chica está trabajando".

Hay salteños que se interesan por otras cosas. Por ejemplo por cuestiones técnicas, por instalaciones industriales. Otras salteñas me dicen que quieren hacer compras. Hay otros que han venido y se las han pasado sacando fotos. Yo les digo: "No hagás como los japoneses que disparan la cámara antes de ver el monumento. No pensés que tenés que contar que has viajado, viví tu viaje, hay que saber viajar". Porque había gente que parecía que viajaba para los de Salta, pero no para ellos.

Ha habido salteños que han venido cuando yo tenía compromisos y más de una vez los he logrado integrar en mis fiestas y en mis salidas. Pero a veces llegaban acá, como te he contado, sin avisar y me tocaban el timbre. Yo les decía: "Si van a venir avisenmé, o ustedes creen que yo estoy sentado tomando mate esperando a que ustedes lleguen. Yo también tengo mi vida y mis cosas".

Entre los salteños que han venido, ¿cuál es el grupo más numeroso? ¿El de los intelectuales, el de los artistas, el de los aventureros, el de los empresarios...?

En el Museo del Louvre Han venido de todo tipo en general. No creo que haya un grupo que se haya destacado más que otros. Tal vez ha venido menos gente de bajos recursos, pero también tenido chicos que han venido con una beca, que no han venido con sus medios, pero chicos con mucho mérito. Han sido muy pocos.

La motivación general era conocer París, estar aquí, en una de las capitales del mundo. No hablo del que se ha instalado aquí a estudiar, porque es diferente. Yo me encargaba que un paseo se convirtiera en aventura cultural. Casi les obligaba en forma graciosa a que se interesaran por lo que veían. Porque hay muchos detalles y anécdotas que sólo conoce el que vive aquí y que no aparecen en las guías turísticas.

Muchos se preguntan qué hace falta para establecerse aquí en París.

Es necesario tener coraje. A mi me hablaban siempre en Salta de la suerte que tuve por haber llegado a París y ser nombrado en la embajada. Pero es una suerte que yo he buscado con mucho esfuerzo. Yo no tenía padrinos en París, no tenía familia en Europa. Vine con mis valijas, me instalé como un loquito. Me ayudó tener un poco de inconsciencia, que es bueno para hacer las cosas, y mucho coraje. Y mucha alegría también.

Yo vine acá y todo lo que veía me parecía bueno, hasta lo malo. Eso ayudó a que fuese aceptado enseguida. Nunca sentí particularmente el orgullo y la arrogancia del parisino. Siempre fui recibido con mucha suerte. Si me lo hicieron notar no me di cuenta. Ahora critico las cosas, porque critico como alguien que vive en un país, que lo quiere y que lo considera como su segunda patria, como yo considero a Francia.

¿Cómo ha ido evolucionando tu relación con Salta?

Pienso que está intacta. Aunque últimamente he pasado más tiempo sin ir, por lo general voy cada dos años. La última vez estuve dos meses. Cada vez que voy a Salta para mi es el paraíso, es la fiesta. Los días se me pasan volando. Veo a mi familia, a mis amigos, con tanta alegría. Me invitan todo el tiempo. Yo llego y ya me estoy volviendo. Se me pasa volando. Estoy encantado de estar en la Argentina, me quedo siempre unos días en Buenos Aires porque tengo mis amigos porteños y se me pasa volando. Pero en Salta todo es fiesta, todo es hermoso. Mi ideal sería, y espero poder algún día concretarlo, vivir un poco entre Francia y la Argentina.

Por lo demás, pienso que Salta está hermosa, que ha sido un acierto reconstruir el casco histórico de la ciudad y que es saludable el crecimiento del turismo. Al mismo tiempo pienso que muchos de los salteños que vivimos en el exterior estamos desaprovechados, que no nos conocen y no nos valoran, cuando podríamos ser una extraordinaria ayuda para el fomento del turismo, de nuestras exportaciones y de nuestros intercambios con otros países.

¿Cómo surge tu afición por la nobiliaria y la genealogía?

En Montmartre Siempre fui inquieto y me ha gustado leer. Hubo una época, que yo llamo del pedo azul, en que me empecé a interesar por los linajes y las dinastías. Me gustaba la idea de descender de próceres y de héroes, de tener en la familia gente que ha estado en la historia. Como decía Luis Felipe, qué lástima que yo no tenga una tierra provinciana ni una casa solariega y blasonada, ni el retrato de mi abuelo que ganara una batalla ni un sillón viejo de cuero, ni un escudo con espadas.

Al acercarme a la heráldica y la genealogía me di cuenta que no eran ciencias aristocráticas sino, al contrario, muy democráticas. Porque todos tenemos dos padres, cuatro abuelos, ocho bisabuelos, dieciséis tatarabuelos, luego treinta y dos y sesenta y cuatro ancestros. Y si de ellos sesenta y tres eran esclavos y el restante era el que le cambiaba los calzones a la reina, decimos que nosotros descendemos de ése. ¿Y de los otros no? Entonces me di cuenta de que esto era pura vanidad.

En mi casa siempre tuve una buena educación respecto a eso. Me enseñaron que "ser bien" no era cuestión de apellidos sino de "ser bien". Y ser bien es ser buena persona. Ser correctos y, sobre todo, estar al servicio de los otros.

En nuestras sociedades nuevas de Argentina se ha creído que ser bien era ser vanidoso, arrogante y jactarse, cuando en realidad venimos todos de la inmigración, de gente pobre de Europa que iban a buscar la América, aunque algo de nobles hemos tenido.

Pero estás conectado con la aristocracia europea...

Acá en Europa he conocido y analizado la base de la aristocracia europea. He tenido la suerte de ser invitado a todos lados. Así, de pronto, puedo estar con los descendientes de los Habsburgo, con príncipes de Borbón y Parma, con duques de Bragança, que han gobernado el Portugal y el Brasil, con príncipe Napoleón, y yo de Salta. Al principio, me sentía sentado al frente de la historia. Pero eso ya pasó. Fue vanidad de un día. Ahora son mis amigos y sólo pienso en eso. Hubo un noble francés historiador que definiendo a la nobleza dijo: "no son nada, se creen todo, pero son algo". Y con esto ha definido la columna vertebral de la historia aquí en Francia o en Europa.

Mi madre me decía: la gente bien es bien en todas partes y no es cuestión de clases sociales sino de personas. Hay rústicos que son príncipes y señores que son campesinos. Después de esto me he reído mucho de las tonterías salteñas que, tal vez yo mismo tendría, y también de las de acá. He empezado a ver las cosas con más objetividad y llegado a la conclusión de que es válido aquello que se decía en casa: "dime de qué te jactas y te diré lo que falta".

Yo siempre he tomado las cosas como humor, porque es lo mejor. Como te he dicho, la frase de ese filósofo que dijo "la gente que no tiene humor no es gente seria". Yo me río, me río de las cosas empezando por mi mismo. Porque siempre me decían cuando era chico: "hay que quererse pero no hay que adorarse". Y el reírse es una cuestión de clase, de humildad, de alguna manera de modestia, sobre todo cuando te ríes de vos mismo. Y no darte tanta importancia. Tratar de aprender y ver que también en los defectos que tenemos todos se encuentra una búsqueda de felicidad.