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Han sido muchos los salteños que han pasado por París a verte. ¿Qué rescatas de esta experiencia?
Han sido tantos que he perdido la cuenta. Después de más de veintiséis años de recibir a comprovincianos, siento una gran satisfacción por haber podido serles útil. No me lo propuse, vino solo. Los salteños, así no me conocieran, así no tuvieran mi dirección, sabían que había un salteño trabajando en la Embajada Argentina en París, así que no había escape.Bastaba que me dijeran que eran salteños para que mi corazoncito hiciera un clic, aunque no los conociera. Yo los recibía con todo gusto, sea que fueran amigos de amigos, parientes o simples conocidos. Incluso recibí a gente a la que sólo conocía de vista y luego terminamos haciéndonos amigos aquí. Por eso siempre digo, en forma irónica y risueña, que soy el embajador salteño en París, porque he recibido a la nobleza, al clero y al pueblo. A todo el mundo, desde el más humilde hasta el más encumbrado.
Tienes una forma muy especial de tratar con ellos. Cuéntanos cómo los atiendes.
A mi me gusta reírme, divertir y divertirme. Por eso, me valgo de la idiosincrasia salteña en común para hacer conocer París y su historia a través del humor. Además, soy un provocador. Por ejemplo, estando en Versalles, en la milésima vez que iba con salteños, mientras contemplaban absortos la cama de la reina María Antonieta y del rey Luis XVI, cuando yo me daba cuenta de que estaban perfectamente instalados en un clima versallesco de pleno siglo XVIII, les cantaba: "Vuelvo al pago de mis mayores a esos montes donde nací". "Callate, nos cortás el clima", me decían. "Para eso lo hago", les respondo yo.
¿Te lo han reconocido?
Mucha gente que yo he recibido, cuando he vuelto a Salta, han tenido muchísimas atenciones conmigo. Me daba vergüenza porque estas atenciones excedían mucho lo que yo había hecho por ellos. Alguno que otro se ha olvidado; ha habido algunos ingratitos, pero eso no importa.
¿Recuerdas alguna anécdota de salteños en París?
Sí. Una vez vino un salteño, que no voy a nombrar. Estábamos frente a Notre Dame y le digo, "Mirá, esto es Notre Dame". Me dice: - "No, mentira, me estás mintiendo". - "Pero cómo te voy a mentir. ¿No habías visto Notre Dame ni en una carta postal? Si hasta los perros conocen Notre Dame". Era tan ignorante este chico que no había visto nunca Notre Dame y yo no podía creer. Y yo le decía: "Sí, ésto es Notre Dame; no va a ser La Merced en Salta".
¿Cuál es en general la actitud de los salteños frente a esta ciudad monumental, en qué cosas se interesan?
El salteño tiene una actitud muy respetuosa ante la historia. Quiere aprender, quiere conocer. Yo siempre trato de pasearlos, de enseñarles con humor, hacerlos reír, divertirlos. Así es mucho más agradable. Les entra mucho más el linaje de los borbones con risa que si me pongo en opa solemne. Después les digo: "No, idiota, esta es la reina fulana de tal, ignorante". Y nunca se enojan, porque esto es una broma.También ha habido opas solemnes que han venido a tocar mi puerta, pero al final he terminado domesticándolos con humor. Una vez vino uno de Salta que se puso furioso porque unas chicas que trabajaban en Eurodisney no le entendían. "¡Che éstas no me entienden! decía". Y yo, un poco enojado, le dije: "Pero por qué te tienen que entender a vos. Esa chica habla cuatro idiomas y tenés que bajar tu arrogancia porque estás en la capital del mundo y sos vos el que tiene que hacer el esfuerzo de que te entiendan. No tratés así a la gente, esta pobre chica está trabajando".
Hay salteños que se interesan por otras cosas. Por ejemplo por cuestiones técnicas, por instalaciones industriales. Otras salteñas me dicen que quieren hacer compras. Hay otros que han venido y se las han pasado sacando fotos. Yo les digo: "No hagás como los japoneses que disparan la cámara antes de ver el monumento. No pensés que tenés que contar que has viajado, viví tu viaje, hay que saber viajar". Porque había gente que parecía que viajaba para los de Salta, pero no para ellos.
Ha habido salteños que han venido cuando yo tenía compromisos y más de una vez los he logrado integrar en mis fiestas y en mis salidas. Pero a veces llegaban acá, como te he contado, sin avisar y me tocaban el timbre. Yo les decía: "Si van a venir avisenmé, o ustedes creen que yo estoy sentado tomando mate esperando a que ustedes lleguen. Yo también tengo mi vida y mis cosas".
Entre los salteños que han venido, ¿cuál es el grupo más numeroso? ¿El de los intelectuales, el de los artistas, el de los aventureros, el de los empresarios...?
Han venido de todo tipo en general. No creo que haya un grupo que se haya destacado más que otros. Tal vez ha venido menos gente de bajos recursos, pero también tenido chicos que han venido con una beca, que no han venido con sus medios, pero chicos con mucho mérito. Han sido muy pocos.La motivación general era conocer París, estar aquí, en una de las capitales del mundo. No hablo del que se ha instalado aquí a estudiar, porque es diferente. Yo me encargaba que un paseo se convirtiera en aventura cultural. Casi les obligaba en forma graciosa a que se interesaran por lo que veían. Porque hay muchos detalles y anécdotas que sólo conoce el que vive aquí y que no aparecen en las guías turísticas.
Muchos se preguntan qué hace falta para establecerse aquí en París.
Es necesario tener coraje. A mi me hablaban siempre en Salta de la suerte que tuve por haber llegado a París y ser nombrado en la embajada. Pero es una suerte que yo he buscado con mucho esfuerzo. Yo no tenía padrinos en París, no tenía familia en Europa. Vine con mis valijas, me instalé como un loquito. Me ayudó tener un poco de inconsciencia, que es bueno para hacer las cosas, y mucho coraje. Y mucha alegría también.
Yo vine acá y todo lo que veía me parecía bueno, hasta lo malo. Eso ayudó a que fuese aceptado enseguida. Nunca sentí particularmente el orgullo y la arrogancia del parisino. Siempre fui recibido con mucha suerte. Si me lo hicieron notar no me di cuenta. Ahora critico las cosas, porque critico como alguien que vive en un país, que lo quiere y que lo considera como su segunda patria, como yo considero a Francia.
¿Cómo ha ido evolucionando tu relación con Salta?
Pienso que está intacta. Aunque últimamente he pasado más tiempo sin ir, por lo general voy cada dos años. La última vez estuve dos meses. Cada vez que voy a Salta para mi es el paraíso, es la fiesta. Los días se me pasan volando. Veo a mi familia, a mis amigos, con tanta alegría. Me invitan todo el tiempo. Yo llego y ya me estoy volviendo. Se me pasa volando. Estoy encantado de estar en la Argentina, me quedo siempre unos días en Buenos Aires porque tengo mis amigos porteños y se me pasa volando. Pero en Salta todo es fiesta, todo es hermoso. Mi ideal sería, y espero poder algún día concretarlo, vivir un poco entre Francia y la Argentina.
Por lo demás, pienso que Salta está hermosa, que ha sido un acierto reconstruir el casco histórico de la ciudad y que es saludable el crecimiento del turismo. Al mismo tiempo pienso que muchos de los salteños que vivimos en el exterior estamos desaprovechados, que no nos conocen y no nos valoran, cuando podríamos ser una extraordinaria ayuda para el fomento del turismo, de nuestras exportaciones y de nuestros intercambios con otros países.
¿Cómo surge tu afición por la nobiliaria y la genealogía?
Siempre fui inquieto y me ha gustado leer. Hubo una época, que yo llamo del pedo azul, en que me empecé a interesar por los linajes y las dinastías. Me gustaba la idea de descender de próceres y de héroes, de tener en la familia gente que ha estado en la historia. Como decía Luis Felipe, qué lástima que yo no tenga una tierra provinciana ni una casa solariega y blasonada, ni el retrato de mi abuelo que ganara una batalla ni un sillón viejo de cuero, ni un escudo con espadas.Al acercarme a la heráldica y la genealogía me di cuenta que no eran ciencias aristocráticas sino, al contrario, muy democráticas. Porque todos tenemos dos padres, cuatro abuelos, ocho bisabuelos, dieciséis tatarabuelos, luego treinta y dos y sesenta y cuatro ancestros. Y si de ellos sesenta y tres eran esclavos y el restante era el que le cambiaba los calzones a la reina, decimos que nosotros descendemos de ése. ¿Y de los otros no? Entonces me di cuenta de que esto era pura vanidad.
En mi casa siempre tuve una buena educación respecto a eso. Me enseñaron que "ser bien" no era cuestión de apellidos sino de "ser bien". Y ser bien es ser buena persona. Ser correctos y, sobre todo, estar al servicio de los otros.
En nuestras sociedades nuevas de Argentina se ha creído que ser bien era ser vanidoso, arrogante y jactarse, cuando en realidad venimos todos de la inmigración, de gente pobre de Europa que iban a buscar la América, aunque algo de nobles hemos tenido.
Pero estás conectado con la aristocracia europea...
Acá en Europa he conocido y analizado la base de la aristocracia europea. He tenido la suerte de ser invitado a todos lados. Así, de pronto, puedo estar con los descendientes de los Habsburgo, con príncipes de Borbón y Parma, con duques de Bragança, que han gobernado el Portugal y el Brasil, con príncipe Napoleón, y yo de Salta. Al principio, me sentía sentado al frente de la historia. Pero eso ya pasó. Fue vanidad de un día. Ahora son mis amigos y sólo pienso en eso. Hubo un noble francés historiador que definiendo a la nobleza dijo: "no son nada, se creen todo, pero son algo". Y con esto ha definido la columna vertebral de la historia aquí en Francia o en Europa.
Mi madre me decía: la gente bien es bien en todas partes y no es cuestión de clases sociales sino de personas. Hay rústicos que son príncipes y señores que son campesinos. Después de esto me he reído mucho de las tonterías salteñas que, tal vez yo mismo tendría, y también de las de acá. He empezado a ver las cosas con más objetividad y llegado a la conclusión de que es válido aquello que se decía en casa: "dime de qué te jactas y te diré lo que falta".
Yo siempre he tomado las cosas como humor, porque es lo mejor. Como te he dicho, la frase de ese filósofo que dijo "la gente que no tiene humor no es gente seria". Yo me río, me río de las cosas empezando por mi mismo. Porque siempre me decían cuando era chico: "hay que quererse pero no hay que adorarse". Y el reírse es una cuestión de clase, de humildad, de alguna manera de modestia, sobre todo cuando te ríes de vos mismo. Y no darte tanta importancia. Tratar de aprender y ver que también en los defectos que tenemos todos se encuentra una búsqueda de felicidad.