Desde el 1 de febrero de 1997

Don Ciro Torres López, hombre en transición - Viajeros audaces y tenaces

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Viajeros audaces y tenaces

Los primeros pobladores de Salta estaban acostumbrados a los riesgos, la exploración de lo desconocido y los viajes de largas travesías. Los salteños "se destacaron en la especialidad de viajeros audaces y tenaces, durante las épocas en que los viajes en tropas o carretas o de hacienda equivalían casi a campañas militares". "La alejada ubicación de esta provincia, en el cordón de los Andes, y la urgente necesidad de artículos manufacturados de ultramar para una población que crece rápidamente, han desarrollado el espíritu de empresa de los salteños, y dado gran vuelo al comercio"

Ciro Torres LópezEn los comienzos, la supervivencia del pequeño caserío exigía afrontar los costos de esos riesgos, como también requería obtener ventajas de esas largas travesías. La influencia arábigo andaluza podría explicar ese impulso viajero y también, "ese amor hondo al caballo", que hacía posible tal nomadismo.

Torres López ama a su tierra pero se siente enclaustrado, incomprendido y menospreciado en ella. La reacción que prevalece en aquella sociedad provinciana oscila entre ignorar al joven crítico o mostrar su desagrado y rechazo hacia él. El escritor se siente constreñido, sin espacio y sin oxígeno en aquel medio mezquino y cerril. Marcharse es el único camino que tiene por delante para eludir esas restricciones impuestas por la geografía y por la historia, pero también por un presente menos grato que ese pasado, y por el entramado social tejido bajo esas condiciones.

"Un rumiante provinciano"

Que apareciera su nombre en letras de molde en dos de las revistas más leídas de Buenos Aires, lejos de ser motivo de orgullo de sus coterráneos, desencadenó celos y envidias. "Acreció esa animadversión, se me sitió por aislamiento y por silencio, creyendo reducírseme", anotó. Ese cerco fortaleció su rebeldía y redobló su rechazo a convertirse "en un rumiante provinciano". Pero rechazo y apego a la sociedad local no son señales de ambigüedad sino de coherencia en el crítico social. El crítico "que olvida la importancia de su propia tierra no escribirá una crítica vigorosa o persuasiva", dice Michael Walzer. Amando con "desesperado cariño" a su "madre Salta", pero despreciando la sordidez de muchos salteños, Torres López se marchó a Buenos Aires en 1922, cuando tenía 24 años.

Cuatro pasiones con otras tantas rupturas dolorosas definirán su personalidad: con sus estudios, con su familia, con un amor de juventud y, finalmente, con su lugar de nacimiento. La primera y, quizás, más marcada diferencia con la mayoría de los habitantes de su provincia es esa negativa a sujetar su existencia a la vida sedentaria, rutinaria y conformista. Veinte años después, en su "viaje a una ciudad interior", Eduardo Mallea vio a nuestros pequeños centros urbanos como símbolos "de un sopor" y "de la emotividad estancada, invertebrada".

Ciro se va de Salta con dos valijas repletas de manuscritos , convenciendo de que su "amor inacabable" por la naturaleza es lo que lo limpia y lo "salva de las miserias de los hombres"; "porque quien no ha sido alguna vez nómada no puede tener el verdadero sentido del hombre frente al hombre y frente a las cosas, que es el del existir frente al Universo, y por consiguiente, el de comprender, el de medir, el de situar".

Es el penúltimo de esos viajeros tan dispuestos a deslumbrarse y a leer en el enorme libro de la naturaleza como a escribir sobre ella. Si no quiere convertirse "en un repetidor de segunda o tercera mano", el intelectual debe apelar a la observación directa. Su mirada no es la del turista en busca de exotismo ni la del viajero erudito que lo registra todo, ni el del viajero en busca de meros pasatiempos y, menos aún, de riquezas.

En su caso no se trata solo de buscar el frío dato: es necesario comprender y también buscar el sentido, más allá de la información, de referencia topográfica o estadística. Si demuestra una codicia insaciable es por acopiar información útil, por inventariar, describir y poseer todo lo que ve. Sus libros de viajes no son "meros pasatiempos sino pedazos de vida", define. El suyo es un peregrinaje cultural, humano, amistoso, con discretos toques moralizadores y civilizadores. "Vine con el afán de verte y de vivirte", le dice a Riberalta cuando llega a esta joven ciudad de la Amazonia boliviana.

Campo virtuoso. Ciudad viciosa

Torres López se da cuenta que Salta debe salir de su aislamiento y tiene que dejar de ser "pequeña y nepótica" y que para que ello y su futuro sean posibles, debe situarse dentro de la Región Noroeste y ésta recuperar, actualizando, esa buena tradición de apertura mental y material al mundo exterior a través de los viajes, la mejora de las vías de comunicación y los medios de transporte y la intensificación de los intercambios humanos, culturales y comerciales. Esa cerrazón tiene "resultantes espirituales de nihilismo destructor, de agriamiento colectivo y de egocentrismo negativo y desmesurado". Su visión no se reduce al de una integración subregional andina ni mediterránea: en su último libro publicado en 1955 anuncia la próxima edición de otro sobre El mar en la argentinidad.

Aunque se considera que sus viajes, conferencias y libros apuntan a la formación de una conciencia territorial y regional, sus ideas están lejos de lo que considera erróneos, simplistas y estrechos conceptos de patria y del patriotismo deshumanizado. Sobre todo, siente la necesidad de librarse de "la asfixia del patrioterismo feroz, guillotinesco y robesperiano (...)". Su idea de región tampoco es aquella que la reduce a territorio. "Porque no basta que una región exista simplemente, ya que ese fragmento del mundo puede estar sí en el mundo, pero ignorado, invalorado, menospreciado". Es por la cultura y el espíritu que esos fragmentos adquieren significación y universalidad.

Si la pérdida del antiguo dinamismo regional obedeció al paulatino aislamiento, la recuperación de esa vitalidad debía pasar por la reversión de esa tendencia. Como sucede a tantos emigrados, Torres López la toma de distancia del espacio del medio social de Salta le permiten, desde fuera y tomando "distancia crítica", comprender mejor una realidad local que, desde su interior, aparece opaca. Tan pronto como su irrefrenable impulso viajero lo llevó a Buenos Aires, su rechazo a los rasgos paródicos de la gran ciudad lo hicieron alejarse de ella. La América que él buscaba no estaba allí: su centro y su alma estaban en Bolivia. "Tenía que marcharme, pues, de Argentina para saber qué era realmente Argentina"

La gran ciudad se le aparece como la sede de la simulación de lo europeo, además de ser reducto del parasitismo, el hedonismo, el "rastacuerismo", la "tilinguería", el lujo y el egoísmo. La urbe es el gran laboratorio de la hibridez. Su elogio al campo y a la vida campesina proviene, por un lado del que siempre se consideró un campesino ("soy un intelectual salido de las montañas") y, por el otro, de contraponer la pureza, la virilidad, la moral y la productividad del campo con la impureza, lo femenil, la inmoralidad y la improductividad de la vida urbana. Contradictorio, a fuerza de percibir pero no siempre poder descifrar una realidad compleja, Torres López no corta de raíz las también complejas relaciones entre el campo y la ciudad. "La ciudad es hija de la fecundidad campesina", afirmó. Pero también esa hija es "deformadora de lo rural".

Su defensa de lo telúrico no resulta antagónica con su adhesión a la idea de universalidad ni su "Indolatinidad" no parece incompatible con su ecumenismo. La prédica y la acción suramericana de Torres López se desplegaron a lo largo del cuarto de siglo (1920-1955) del mayor auge de las ideas de los totalitarismos nazi, fascista y comunista, de cuyo dominio en el campo intelectual resultaba difícil sustraerse. Aunque conocedor de ese clima, resulta sorprendente que Torres López haya podido resistirse a tan fuertes presiones ideológicas.

Sabe y dice que sus libros no son definitivos: son provisorios, son aproximaciones, tanteos, exploraciones. "El libro rígido, definitivo, sabihondo, es un pasatismo fósil y vacuo que hay que destruir", dice Ciro. Años después Borges dirá: "El concepto de libro definitivo no corresponde sino a la religión o al cansancio".

En una época signada por el afán de encontrar una identidad nacional que acreditara pureza y marcada por el opuesto deseo de disolverla en un amorfo internacionalismo, Torres López pudo escapar de esos cepos ideológicos apelando a su realismo de "intelectual salido de las montañas". "¿Qué somos, cómo somos, de qué estamos forjados, qué caudal de valores humanos y de qué índole hay en nuestra sangre hay en nuestra sangre y en nuestra alma?", se preguntaba. Y respondía: "Estamos hechos de la madre india, del padre español, del abuelo árabe (también hebreo) y del realizador italiano".

Esta simplificación del más complejo proceso de mestizaje producido a partir de la conquista y colonización española; multiplicado, agregado y diversificado con el flujo inmigratorio, a partir de la segunda mitad del siglo XIX resulta, con todo más próxima a la realidad que los esquemas sobre los que se apoyan las definiciones de unas macro identidades nacionales puristas, nada pluralistas y excluyentes. Según Manuel Gutiérrez Estévez, el término identidad se ha convertido en "una cárcel conceptual" que es preciso abandonar.

Antes que incurrir en grandes definiciones y clasificaciones Torres López prefiere describir. Carlos Medinacelli observa que Ciro "concede mayor importancia no a los hechos grandes, aparatosos, relumbrantes, sino a lo menudo, a lo menudo, menospreciado por el vulgo, de puro cotidiano, pero que, para el observador agudo y profundizador, esconde, en su pequeñez, un mundo de significado".

Torres López usa como herramienta de estudio, aunque cautelosamente y más destinada a estudiar los caracteres de grupos humanos que los de los individuos, la "fisiognomía", antiguo instrumento de cuño aristotélico con el que se buscaba interpretar el carácter, los rasgos morales y los hábitos psicológicos, estableciendo las relaciones de éstas con "las cualidades somáticas, corporales o naturales". Según Fritz Lange , la "fisiognómica" puede resultar de utilidad "para la acertada comprensión de la personalidad histórica". Librada de sus exageraciones, la "fisiognomía" fue valorada luego como un precedente de mero valor histórico, de las modernas investigaciones antropológicas.