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Don Ciro Torres López, hombre en transición - El largo peregrinaje

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El largo peregrinaje

En 1924, poco antes de cumplir 25 años se lanzó a Buenos Aires, ciudad que descubrió y recorrió con "espejeante brillo en la pupila, diez pesos como haber, un violento afán de análisis y dos valijas llenas de manuscritos", recordó. Cuando se sumerge en la corriente del cosmopolitismo, se afirma como un argentino de seis generaciones y aboga por una mirada hacia el país interior. Pero cuando está en provincias rechaza el ensimismamiento, el atraso y la abulia. Pronto advierte que la gran ciudad "estaba aislada en América en medio de una evidente egolatría".

Exagera y caricaturiza algunos rasgos de Buenos Aires. Ve en los gallegos, genoveses y polacos seres hostiles, "aldeanos desarraigados, enfierecidos de dinero, brutales, rapaces y desconfiados". "Conocí toda una fauna de arquetipos sociales: el vividor, el fifí, el escruchante, el loco lindo, el burrista, el macrof distinguido, el sablista, el guitarrista de sociedad, el tiburón, el atorrante dorado, el patotero, el tanguista, el caballero de industria, el negociador de personerías jurídicas para timbas, el poeta para reclame comercial, el pintor pornográfico (de mucha salida), el periodista de sistemáticas alabanzas pagadas (....), el chantajista –en 18 clases, admirables alguna de ellas-, el clubman irreprochable (...) el cocktelista vanidosísimo, el heredero desbocado, el gran señor trasatlántico, el arribista de gran tren (...) el redoblonero, el niño bien, el quineliero, el tilingo, el atorrante – en 12 especies curiosísimas, el vagabundo internacional (...) el curioso, el dilettantti, el híbrido exitista, el esclavo endomingado, el provinciano bobo (...)"

Luego atravesar la Cordillera de los Andes en avión y estar en Chile, regresó por Mendoza, San Juan, Córdoba, Santa Fe y de allí a Buenos Aires. El hartazgo de la ciudad, su rechazo al ambiente de la redacción de uno de los grandes diarios porteños, "donde la gran masa de los hombres son limones a succionar" y un nuevo desengaño amoroso, lo deciden a dejar Buenos Aires.

Fundador de "La Brasa"

"Fui a dar a Santiago del Estero, caldeado arenal que desequilibró más mi salud". Luego de permanecer dos meses en el hospital, trabajó como periodista "en la mayor pobreza". En septiembre de 1925, junto a un grupo de intelectuales santiagueños, firma el manifiesto del grupo "La Brasa". La firma de Ciro Torres López es la segunda de la lista, después de la de Bernardo Canal Feijóo, poeta vanguardista y más tarde ensayista y de las rúbricas de Manuel Gómez Carrillo, Emilio Wagner, Orestes Di Lullio y Carlos Abregú Virreira, entre otros.

"La Brasa", dice el Manifiesto, "quiere ser lo que hace falta: un centro de pura actividad espiritual". El grupo trató de encontrar el modo de "no acabar de constituirse" y se definió por lo que no era: Ni una sociedad de beneficencia, ni "una empresa comercial de corretajes artísticos". Tampoco se proponían "redimir a nadie" ni ofrecer "dulces mentiras para curar a nadie de su amarga verdad". ¿Qué es "La Brasa"? "Una inquietud, un problema de porvenir planteado entre muchos (...) es un problema serio propuesto a todo aquel que sea capaz de recogerlo". "La Brasa" no tiene estatutos, "para mantenerse siempre fiel a su necesidad". Tampoco tiene autoridades "para evitar en su seno vanas emulaciones presidencialistas".

Cuatro años después, Torres López no la mencionará por su nombre pero recordará haber participado de la fundación de "una sociedad" en la que propuso la necesidad de "educar los sentimientos". El título del primer ciclo de conferencias de "La Brasa" fue precisamente ese: "La educación del sentimiento". Entre otros, hablaron en él Canal Feijóo, Dardo Herrera y Torres López que expuso sobre "La influencia de la novela en la educación del sentimiento". La armonía en el grupo pronto se quebró: "un conjunto de viejos fósiles y camanduleros lanzaron sus jaurías contra mí, el "forastero", se queja Ciro.

El corazón del continente

Disgustado con algunos integrantes de "La Brasa", Torres López reinicia su largo y nunca acabado peregrinaje. Sólo reconstruir su trajín resulta fatigoso. De Santiago pasó a Tucumán, provincia que recorrió casi íntegramente en 1927. Ese mismo año el infatigable viajero y conferencista estuvo en San Juan, Mendoza, San Luis y Córdoba. En 1928 viaja a Jujuy, donde visitó Ledesma y para seguir luego La Quiaca. El 3 de marzo de ese mismo año cruzó la frontera e ingresó a territorio boliviano.

Recordó entonces sus charlas con su amigo Juan B. Justo quien le habló largamente de ese pueblo "en extremo sugestivo". ¿Qué sabía Ciro de la vecina Bolivia? Poco o nada: los vendedores de manzanas de Sococha; los yungueños "unos herboristas medio brujos que recorrían los cerros con su alforja al hombro y su fama milenaria" y, de mentas, los "maravillosos tordos cruceños y los toros". De Tupiza fue a Oruro y de allí pasó a La Paz, donde "no halló la necesaria comprensión y cordialidad". De allí siguió a Cochabamba, Potosí, Sucre, Mizque para viajar luego en avión a Santa Cruz de la Sierra.

¿Qué era Santa Cruz?, pregunta. "Pues una diminuta ciudad de 20.000 habitantes, poblada por hombres cansados, viviendo la más lamentable indigencia, profundamente decepcionados, vencida el alma por un escepticismo sonriente y trágico (...)". Desde allí, refiere, inició "uno de los más hermosos viajes que aún puede hacerse en este siglo, por comarcas fabulosamente ricas, henchidas de sugestiones", anota en Las maravillosas tierras del Acre. Del aeroplano que cubre 250 kilómetros por hora, pasó al buey que no alcanza a recorrer 5 kilómetros en ese mismo tiempo.

En 1929 volvió al Altiplano, fue a Cuzco, Puno, Arequipa y Mollendo. En 1930 escribió Las maravillosas tierras del Acre, libro de 747 páginas, mapas y fotografías tomadas por él mismo, que salió de imprenta a mediados de noviembre de ese mismo año. Durante esos años dictó en Bolivia numerosas conferencias, escribió más de un centenar de artículos, fundó un museo itinerante que trasladó "del occidente al oriente y del norte al sur". Conoció a Franz Tamayo. En 1932 protestó contra el crimen de la guerra, exhortando a los jóvenes bolivianos y paraguayos a evitar su destrucción mutua en las selvas del conflicto.

En 1948 en su libro "Bolivia en el continente" recordó aquel viaje: "Penetré en Bolivia en marzo de 1928, con 29 años, 63 kilos de peso y 45.000 pesos en los bancos argentinos. Salí en septiembre de 1932, con 55 kilos, de segunda en ferrocarril y 37 pesos, prestados, en el bolsillo". Su paso por La Paz le dejó un mal recuerdo pues encontró allí "una cerrada y agria hostilidad, especialmente por parte de los escritores locales".

El más duro de sus críticos fue Jorge Canedo Reyes a quien llama "xenófobo de patria cerrada". ¿Cuál fue el pecado de Torres López? Haber llamado la atención de la importancia y el valor de aquellas aisladas, disputadas y poco conocidas tierras del Acre, que habían experimentado un importante desarrollo de la explotación del caucho entre 1890 y 1912. ¿Se reprocharían sus charlas con Nicolás Suárez, ese "Rockefeller del comercio del caucho", propietario de millones de hectáreas, amo de miles de "siringueros y vaqueros" y señor de Riberalta, que apoyó con un cheque parte de su viaje por aquellas tierras?

Una noche, navegando, Torres López siente que tiene que ser leal con su acompañante, el cruceño Virgilio Oyola: "sepa que en el caso mío el Sr. Suárez es quien costea todos mis gastos de transporte y de estadía, desde Trinidad de Mojos hasta Cobija del Acre, ida y vuelta y que lo hace espontáneamente y aún con la prevención expresa mía de que ninguna actitud ni gesto alguno de generosidad me harán variar ni en un punto para decir y sostener la verdad, tal cual yo la vea en estas comarcas, se refiera a hombres, cosas, problemas o lo que fuere". Su relación con Suárez no le impide recorrer las barracas, describir la miseria y padecimientos de los "siringueros", cuestionar la explotación.