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No hay dudas de que, para millones de argentinos, el 24 de marzo es una de las efemérides más tristes, por no decir de las más siniestras. Lo verdaderamente lamentable, sin embargo, no es que el actual gobierno argentino pretenda instituir a esta fecha como feriado nacional sino que el recuerdo de aquellos acontecimientos y el de los siete años de vergüenza que le siguieron, sean hoy la bandera de muchos de los que estuvieron del lado de los militares golpistas y silenciaron -cuando no aplaudieron- sus atrocidades. Expertos en disfrazar la historia, los argentinos asistimos casi impasibles al desfile continuo de represores que han obtenido el carnet falso de reprimidos y al deambular de víctimas auténticas, empecinadas en una lucha falsa contra quienes seguramente han sido también víctimas como ellos.
Por suerte -si es que hubo alguna- el 24 de marzo de 1976 me ha encontrado del lado de los perseguidos y creo que es justicia decir que si no fuera por la protección familiar y por mi corta edad de entonces (17 años) hoy estaría tal vez entre las víctimas de aquella sinrazón.
A todos aquellos que me cuidaron y me protegieron en medio de aquella inseguridad, a todos a los que les importé en aquel momento más que ellos mismos, quiero dedicar estos recuerdos de adolescencia, que fueron escritos hace algún tiempo sin otro propósito que el de no olvidar nunca lo vivido aquellos días.Se trata de cuatro fragmentos de un conjunto mayor, que escritos desde la más profunda ingenuidad, abordan la tensión y el desasosiego de los días que precedieron al golpe y de su jornada posterior. Momentos que determinarían -como quizá no lo hicieron otros- el curso de mi vida en los treinta años siguientes.
24 de marzo de 1976 o el desafío de la supervivencia (I)
A comienzos de 1975 y con sólo 16 años, me matriculé en la Universidad Nacional de Tucumán para cursar la carrera de Derecho. Apenas unos meses antes había concluido mis estudios de bachillerato en el Colegio Nacional Nº 6 Manuel Belgrano de Buenos Aires, por lo que pocos -por no decir nadie- entendían muy bien mi decisión de no continuar mis estudios universitarios en Buenos Aires y de replegarme hacia Tucumán. El más crítico con esta decisión, seguramente, fue mi padre. Perplejo ante tan absurdo desplante juvenil, no dudó ni un instante en vincular mi -hasta entonces- desconocido tucumanismo académico con mi ya conocida afición a los sandwichs de milanesa de Don Pepe.Tenía razón. La elección de Tucumán fue una pataleta sesentista influida por los cuentos fantásticos de mis hermanos mayores y de sus amigos que pintaban aquello como un paraíso de libertades muy atractivo. Los sandwichs de milanesa de Don Pepe hicieron el resto.
Sin embargo, el Tucumán de 1975 estaba muy lejos de ser un paraíso. Y no sólo porque el kiosco de milanesas de Don Pepe había virado al vegetarianismo a causa de una dura veda de carne, sino -y muy especialmente- porque aquella era por entonces una tierra en armas. La Provincia de Tucumán vivió durante aquel triste año de 1975 uno de sus periodos históricos de máxima violencia y no hace falta ser un experto para darse cuenta que aquella agitación habría de trastornar la vida universitaria casi por completo. Aun en mi bisoñez, alcancé a comprender que aquel clima enrarecido poco tenía que ver con el de las luchas obrero/universitarias de finales de los años sesenta. No había idealismo ninguno. Sólo fanatismo y miedo.
El llamado faro intelectual de noroeste no obró finalmente en mi el milagro. La ciudad y su portentosa universidad no me impresionaron en absoluto. Con el paso del tiempo me di cuenta que si mi camino hacia Tucumán hubiera sido el normal para un estudiante salteño quizá aquella impresión hubiese sido diferente. En vez de hacerlo atravesando los polvorientos caminos del norte, llegué a Tucumán desde Buenos Aires, después de haber vivido dos años en la gran ciudad y ello, quizá, obstaculizó mi percepción de Tucumán como un paso adelante. Además, mi arribo al Jardín de la República se produjo a bordo de un moderno Jet Boeing 737 que se posó -con la misma suavidad con que un viejo se hunde en una bañera- sobre una de las pistas del aeropuerto Teniente Benjamín Matienzo, la misma que pocos meses después sería dinamitada al paso de un avión Hércules de la Fuerza Aérea, en uno de los atentados más salvajes que se vivieron en el Tucumán de aquel año.
No hace falta decir siquiera que al finalizar aquel complicado año académico salí picando de Tucumán en busca de aires más frescos y, sobre todo, más pacíficos. Como todos los veranos, mi destino fue Cerrillos y allí construí mi fortaleza deseando estirar al máximo el periodo de inactividad. ¡Y lo logré!
El verano 75/76 fue uno de los más lluviosos que recuerda el Valle de Lerma. Inundaciones, desbordamientos, deslizamientos de tierra, rutas cortadas y algunos otros contratiempos favorecieron mi regreso tardío a las obligaciones universitarias. Un encuentro fortuito en la plaza 9 de Julio de Salta dispararía, sin embargo, mi angustia. Caminaba por allí con mi hermano Ramiro cuando nos encontramos con un pintor tucumano apodado "Bayonesa". El encuentro no duró más de cinco minutos y fue un monólogo de Bayonesa en el que hizo, sin que nadie se lo pidiera, un prolijo repaso de la idiosincrasia tucumana. Nos llamó poderosamente la atención que el pintor (de brocha gorda) criticara con dureza un rasgo característico de la personalidad tucumana que él mismo calificó como "pereza rural". En aquellos cinco minutos, Bayonesa el pintor de fachadas, retrató con la maestría de un Goya al personaje tucumano que encarna lo peor de la llamada pereza rural: el pechatusca. Con gestos grandilocuentes, Bayonesa ponía en duda el futuro productivo de su tierra, si es que la riqueza debía depender de ... los pechatuscas de Aguilares, los pechatuscas de Monteros, los pechatuscas de Alberdi, los pechatuscas de Los Ralos... (palabras textuales).
¿Quiénes eran los pechatuscas? ¿Por qué se les llamaba de esa forma? En sus últimos quince segundos el pintor explicó que "los pechatuscas eran los culpables de todo, por vagos". Se trataba de aquellos hombres que pasaban largas horas en el campo apoyados con una mano en una tusca, un árbol espinoso característico del bosque tucumano, y que, probablemente, hacían de ésta su única actividad. Por la forma exagerada en que hacían descansar todo el peso su cuerpo sobre el tronco del árbol, parecía que lo estaban empujando; de allí lo de pecha-tuscas.
Aquel encuentro con Bayonesa fue una experiencia turbadora. Durante mi viaje de regreso a Cerrillos no dejé de preguntarme si había hecho una buena elección al escoger a Tucumán como escenario de mi incipiente vida universitaria. ¿Me convertiría yo también en un pechatusca? (Continúa...)