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¿Qué hacías aquel 24 de marzo? - De vuelta en Tucuman

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24 de marzo de 1976 o el desafío de la supervivencia (II)

El regreso a Tucumán fue, como esperaba, penoso. Atrás quedaba Cerrillos envuelto en una suave llovizna de finales del verano. Por delante me esperaba un Tucumán ardiente, como de costumbre, aunque con una humedad disparada a sus máximos históricos. Las tres primeras semanas de marzo de 1976 transcurrieron entre sudores incontenibles y sobresaltos políticos que nos mantenían pendientes de La Gaceta, de la radio, de los ventiladores y de la ducha. Por esas fechas debía yo de rendir mi segundo examen de Historia de las Instituciones. Lo había intentado antes, en octubre del año anterior según recuerdo, pero el Dr. Arturo Ponsati, que presidía el tribunal, me formuló entonces una cordial invitación a volver a pasar por su gentil cedazo examinador. En verdad, no fueron nada amables conmigo. Especialmente no lo fue el fallecido Dr. Ponsati. Con el tiempo llegué, incluso, a agradecer aquel rigor y su talante adusto. No sólo me sirvió para estudiar mejor sino también para afinar la estrategia frente a los tribunales examinadores.

Había conseguido eludir con dificultades el turno de exámenes de febrero y tenía todo preparado para volver a la carga a finales de marzo, pero una inoportuna avería en el cuarto de baño del pequeño departamento que habitábamos con mi hermana Marisa (por entonces a punto de graduarse de abogada) en el mítico edificio de la FOTIA, allanó el camino para una retirada estratégica. Marisa se vio forzada a trasladar sus cosas a casa de mi hermano Eduardo, que vivía en el mismo Tucumán, a unas pocas cuadras, y yo, con su conocimiento y complicidad, decidí volver unos días a Cerrillos. Casi treinta años después, resulta increible pensar que un flotante averiado pudo habernos salvado la vida a mi hermana y a mi.

Sólo mi hermana estaba al tanto de mi desesperado regreso a Cerrillos. Por unos días que iba a durar la reparación del dichoso baño, no parecía oportuno avisar de mi desplazamiento a Cerrillos ni a mis padres ni a mis hermanos mayores. Temía que me malinterpretaran como en efecto ocurrió. El día martes 23 de marzo de 1976 un coche de La Veloz del Norte procedente de Tucumán rompía con sus luces amarillas la neblina del portezuelo salteño. Una vez estacionado en la plataforma, el ómnibus fue rodeado por una nube de operarios, lustrabotas y vendedores ambulantes. Mucha gente para tan escaso pasaje. Antes que yo descendieron del vehículo un señor bajito con cara de ser el dueño de una repuestera y una señora muy bien acicalada que tenía toda la pinta de ser una dentista judía de altos vuelos. Ambos se confundieron rápidamente con los manipuladores de bultos, mientras que yo, aprovechando que sólo llevaba un pequeño bolso con una muda de ropa y mis libros de historia, me escurrí rápidamente entre el gentío en busca de la plataforma que comunicaba con Cerrillos.

Nuestra casa de Cerrillos estaba ya vacía y con la hierba crecida. Había terminado el verano, las vacaciones y el carnaval. El trémulo gris del otoño se había enseñoreado del lugar. Mis padres ya se hallaban de regreso en Buenos Aires y mis hermanos mayores reintegrados a sus respectivos trabajos. Aquel caserón vacío infundía respeto. Lo primero que hice fue intentar olvidarme de los padecimientos del baño de la FOTIA utilizando el generoso caudal de agua corriente que en Cerrillos es relativamente frecuente al finalizar el verano. Lo segundo fue zambullirme en la vieja biblioteca de mi padre en busca de unos gruesos tomos de la Historia de las Ideas Políticas de Mariano de Vedia y Mitre, cuya lectura -suponía- iba a resultarme provechosa durante mi permanencia en aquellas solitarias estancias.

El silencio era abrumador. Mi colección de discos de Mari Trini estaba en Buenos Aires y no había en la casa ni siquiera un perro que ladrase. Mi único contacto con el exterior era una pequeña radio portátil de marca National que tenía el tamaño de un atado de cigarrillos. A través de la radio llegaban noticias acerca de un endurecimiento de la posición de algunos sectores militares insatisfechos con la gestión del gobierno presidido por Isabel Perón. Ninguno de estos rumores, sin embargo, alcanzaba a ser más duro o más amenazante que el contenido del discurso pronunciado sólo tres meses atrás por el nuevo jefe del Ejército, el entonces general Videla.

De alguna forma, aunque con diferentes niveles de conciencia y entendimiento, yo había vivido otras crisis militares que me parecían similares a ésta, como el enfrentamiento entre azules y colorados o el golpe de Estado perpetrado por el general Pistarini y sus secuaces sindicales que dio por tierra con el gobierno del presidente Illia. Aunque aquellos acontecimientos me sorprendieron con cuatro y siete años respectivamente, a los diecisiete me consideraba ya todo un veterano experto en crisis militares. Porque a pesar de ser un niño, aquellos episodios de los años sesenta habían desencadenado graves consecuencias familiares que mis mayores no pudieron ocultarme.

En 1962 mi madre y sus hijos pequeños debimos de abandonar precipitadamente nuestra casa de Salta para refugiarnos en casa de nuestra tía Sarita en la localidad de Coronel Moldes. Los blindados del general Toranzo Montero, el intransigente caudillo del bando colorado, amenazaban seriamente con plantar batalla a las puertas mismas de la ciudad de Salta. El 8 de julio de 1966, pocos días después del golpe que llevó al poder al general Onganía, falleció en Salta mi abuela paterna María Ana Santoro. Unos días antes había recibido la noticia del arresto y destitución de mi tío el general Carlos Augusto Caro, quien en su condición de comandante del Segundo Cuerpo de Ejército apoyaba sin reservas la continuidad democrática del gobierno del Dr. Illia.

Puede que con mi edad no alcanzara a comprender las razones de aquellos enfrentamientos militares pero las consecuencias que tuvieron en mi familia han sido y son, desde luego, imborrables. (Continúa...)