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¿Qué hacías aquel 24 de marzo? - Amanecer de un dia agitado

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24 de marzo de 1976 o el desafío de la supervivencia (IV)

Las primeras luces del alba trajeron consigo los primeros sobresaltos. Aunque con más lentitud que de costumbre, la antigua ruta 9, sobre la que estaba emplazada mi casa, había empezado a cobrar movimiento y ya desde la ventana de mi habitación se podía oír el paso de los vehículos sobre el pavimento mojado. Era tal la tranquilidad de aquel húmedo amanecer que incluso se podía seguir la huella acústica de los vehículos hasta que reducían la velocidad para tomar la primera curva de INTA, que comenzaba a un par de kilómetros de allí.

En un momento dado sentí que varios coches se detenían en frente de mi casa. Con cuidado, me acerqué a un ángulo de la ventana y a través de un pequeño agujero de la manta que la cubría alcancé a ver las siluetas de algunos hombres que habían descendido de dos vehículos. No se trataba de vehículos militares ni de policía. Uno de ellos era un Torino blanco y el otro probablemente un Ford Falcon. Al primero lo vi con cierta dificultad, aunque luego, al arrancar el motor, se me disiparon todas las dudas: el sonido de aquellos motores era inconfundible; del segundo sólo vi una sombra tras unos árboles, pero, una vez más, el sonido de sus puertas al cerrarse no dejó ninguna duda acerca de su marca y modelo. Los hombres hablaban en voz alta, se movían en varias direcciones y daban la impresión de ser mayores en número de los que yo podía ver. No escuché sonidos de armas, pero como no tenía idea sobre armas, tranquilamente podría haber confundido el ruido de un fusil con el de una llave cruz golpeando sobre un gato mecánico.

Por un momento pensé que aquellos nerviosos movimientos de coches y de hombres estaban relacionados con nuestro vecino de enfrente, que antes y después del golpe de Estado mantenía, incluso por parentesco, relaciones bastante estrechas con grupos armados de ultraderecha. Pero no. Aquel grupo estaba inspeccionando los alrededores de mi casa.

Con nerviosismo pero sin caer en la histeria, me puse a revisar una por una las puertas de entrada de mi casa para asegurarme de que estaban bien cerradas. Al comprobar la puerta trasera, pude observar desde una ventana que un tercer vehículo desconocido se hallaba estacionado sobre la calle lateral de mi casa, una calle de tierra por la que en aquel entonces sólo circulaban los perros.

Mi casa estaba rodeada, y yo a merced de cualquier cosa. Cuando me di cuenta de lo absurdo de la situación recordé aquella extraña definición política que se atribuye a Winston Churchill: "democracia es aquel sistema político en el que cuando llaman a la puerta de tu casa a las seis de la mañana, es el lechero".

Y éstos no eran precisamente el lechero.

Por algún motivo, a ninguno de los madrugadores visitantes se le ocurrió comprobar si había alguien en la casa. Al parecer, los signos de abandono, como la hierba alta, la ausencia de rodadas de vehículos en los accesos o la suciedad de varias semanas acumulada en las galerías, eran suficientes indicadores de una ausencia total de moradores. Sin embargo, demostrando una desconfianza propia del oficio que ejercían, dos de estos sujetos se aproximaron al pilar en el que se encontraba el medidor de la luz en busca de algún indicio de vida. Por suerte, la ruedecilla estaba muerta desde el día anterior cuando había cortado el suministro. Sólo cuando lo comprobaron decidieron marcharse, colocando sus vehículos en dirección hacia el Norte, hacia la ciudad de Salta.

A los pocos minutos, volví a revisar las puertas. No estaba tan seguro de que alguno de estos hombres, al amparo de la impunidad que reinaba desde hacía sólo tres horas, no hubiera intentado picaportear alguno de los accesos. Pensé que la tensión del momento me había impedido quizá controlar todos los movimientos de los intrusos y así fue que volví a revisarlo todo, desde un extremo al otro de la casa.

No había forma de mejorar la seguridad del lugar, pero sí riesgo serio de que todo empeorara muy pronto. Aunque las visitas no habían dejado un piquete, tampoco tenía la certeza de que no estuviesen vigilando mi casa desde algún lugar cercano. Me encontraba sitiado en mi propia casa y con las provisiones justas para aguantar sólo hasta la hora de la merienda. ¿Qué estaría sucediendo afuera? ¿Cómo estarían mis padres y mis hermanos? ¿Habrían intentado localizarme en Tucumán? ¿Es posible pasar a la clandestinidad con sólo 17 años? ¿Quién me había condenado a la clandestinidad? Mi único "pecado" había consistido en huir del calor y de la humedad tucumana por sólo tres días y ahí estaba, convertido en el primer ciudadano en situación de "paradero desconocido" de la naciente dictadura militar argentina. (Continúa...)