Página 3 de 4
24 de marzo de 1976 o el desafío de la supervivencia (III)A medida que avanzaba la tarde del martes 23, comencé a estar más pendiente de las noticias que llegaban por la radio que de la Historia de las Instituciones, que, al menos en teoría, debía de ocupar la mayor parte de mi atención y de mi tiempo. No tenía otra forma de enterarme de lo que estaba ocurriendo en el país. En mi casa no había teléfono (no lo hubo sino hasta bien entrados los años ochenta) y nuestra estación de radioaficionados estaba desactivada porque mi padre había trasladado a Buenos Aires los equipos que estaban en mejores condiciones de funcionamiento.
Los cruces de comunicados y declaraciones contradictorias de los políticos y de los rumores de golpe de que se hacía eco la prensa eran continuos, pero a pesar de ello yo seguía convencido en que el asalto al poder era poco menos que imposible. Me imaginaba que mi padre, que por entonces era senador nacional por Salta con mandato vigente hasta mediados de 1977 y mi tío Carlos, que hasta hace unas pocas semanas atrás era subsecretario en el Ministerio de Defensa, estarían trabajando febrilmente para asegurar el mantenimiento de la legalidad constitucional y el respeto de las libertades. Pero no tenía forma de comprobarlo. De hecho, sólo pensaba que si en medio de aquel tembladeral mi padre se enteraba de que me había escapado de Tucumán en plena temporada de exámenes, le hubiera creado un problema añadido. Guardé silencio y esperé los acontecimientos.
A pesar de que mi padre desempeñaba una alta responsabilidad pública, mi casa, aquella casa vacía en la que yo me encontraba en esos momentos, no tenía vigilancia ni protección ninguna. Nunca la tuvo entre otras cosas porque mi padre era portador de un coraje cívico a toda prueba. Pero también porque él pensaba que cualquier medida de seguridad, aun la más discreta, le privaría de vivir como lo que era, es decir, un ciudadano normal y corriente. Sus convicciones en esta materia le llevaron a no adoptar ninguna medida especial en su casa a pesar de que pocos meses atrás había sido objeto de un atentado intimidatorio con un petardo y varios disparos en la fachada. Quizá no fui plenamente consciente del riesgo que corría permaneciendo allí. Sin embargo, decidí quedarme y resistir lo que viniera. En mi casa no había ningún objeto más ofensivo que unas hondas que había urdido con maestría nuestro vecino Ricardito Guanca, de modo que mi anunciada resistencia se transformó en una estrategia de evacuación controlada. Lo que debe entenderse como el estudio de hasta quince formas diferentes de "echarme al monte", si las circunstancias así lo aconsejaban.A medida que las instituciones argentinas se tambaleaban entre las presiones militares, la endeblez gubernamental y las conspiraciones civiles de siempre, iba disminuyendo mi interés por el estudio de aquellas "formas sociales" que el sabio Ponsatti consideraba imprescindibles de conocer en detalle para aprobar su asignatura. La excitación que me producían los acontecimientos reales era suficiente para dejar aparcada en la cuneta cualquier curiosidad por la volkerwanderung postminoica, a la que hacía referencia el denso libro Ponsatti con cierto lujo de erudición.
Para mi, la verdadera historia, la importante, era aquella que se estaba fraguando, de forma acelerada, casi inexorable, en los despachos porteños del poder, y la que los flashes informativos de las emisoras irradiaban ya con cierta regularidad. Con la caída de la tarde mi pequeña radio de bolsillo se benefició de la apertura de la propagación en la banda de Onda Media y fue así que comencé a recibir con toda claridad las emisiones de las principales radios porteñas, así como noticieros chilenos y uruguayos. El clima político que se vivía en la capital era, si acaso, más denso y preocupante que el que las radios salteñas alcanzaban a transmitir. Mucho más dramático todavía si esos mismos sucesos o esos mismos rumores eran voceados por Ariel Delgado, el principal locutor de la mítica y sensacionalista Radio Colonia, que solía inundar el país de amarillismo desde la parte más baja del dial.
Solo, aislado en aquel caserón desangelado, mal comunicado, sin dinero y, lo que es peor, con el miedo instalado en el cuerpo, decidí tomar algunas precauciones mínimas, como por ejemplo cortar la luz, alumbrarme con velas y cubrir con mantas las ventanas de las habitaciones. El cuadro no podía ser más fantasmagórico. Asido a mi pequeña radio roja, que poco a poco iba perdiendo fuerzas, me acosté vestido y pensé una y otra vez que nada malo ocurriría. Algunas emisoras habían abandonado ya el seguimiento al minuto de los acontecimientos, lo que reforzaba la impresión de que lo peor, si aún cabía, sucedería al día siguiente.
Rendido por el viaje y traicionado por los nervios lógicos de una situación tan particular, al filo de la madianoche, me dormí por unos instantes. Mientras dormía, la presidenta de la Nación era engañada por algunos mandos militares y conducida en helicóptero desde la Casa de Gobierno a la Base Militar de Aeroparque cuyo jefe le haría saber que se encontraba detenida en nombre de las Fuerzas Armadas. Dos o tres veces me desperté con la sensación de que lo peor ya había ocurrido pero no tuve esa certeza sino hasta que todas las radios se unieron en cadena para difundir el fatídico "comunicado número uno" que venía a decir algo así como que todo el país se encontraba bajo el control operacional de las Fuerzas Armadas. Eran las tres y media de la madrugada.
Entonces no temí por mi seguridad personal. Me preocupaba la suerte de los míos y, en especial, el destino de un país sin suerte que, otra vez más, había caído en las garras del autoritarismo, sin que nuestras pefectas y venerables "formas sociales" pudieran hacer nada para evitarlo. (Continúa...)