Fernando Aragón (*)
El 17 de junio de 1821 expiraba, en las afueras de la ciudad de Salta, Martín Miguel de Güemes. Estaba en ejercicio del gobierno provincial, al que había accedido en 1815 por decisión popular unánime, que en un acto sin precedentes lo ungió gobernador como afirmación de su ascendiente sobre las masas y como rechazo a la política del círculo porteñista. Le había sido confiado además el supremo mando del Ejército de Observación sobre el Perú en agosto del año anterior, por aclamación de los oficiales sanmartinianos, y con ellos debía reunirse aquel año fatídico de su muerte en la ciudadela de la dominación absolutista: Lima.
Desde los primeros textos impresos en Salta hasta hoy, transcurrieron 182 años.
Para los integrantes del equipo de Fenomenología de la Religión, de la Universidad Nacional de Tucumán, Iruya se convirtió, en un momento dado, en una especie de objeto numinoso. Sabíamos de la existencia de un lugar alejado, fuera de todas las rutas turísticas, donde se celebraba un antiguo ritual y se mantenían estilos de vida arcaicos.
A través de "La casa de los Frías. Tradiciones familiares" (*), uno de los dos libros inéditos del historiador salteño Bernardo Frías (1866-1930), abordaremos aquí algunos aspectos referidos a los valores que, articulados en el conjunto de creencias básicas heredadas de los siglos XVII y XVIII, cohesionaron al grupo principal salteño durante el siglo XIX.
Sumalao es un paraje escondido, casi arrinconado junto al ángulo sudoriental del valle de Lerma, muy cerca de la turbulenta confluencia del tranquilo río Arias con el impetuoso río Rosario. A este lugar acuden todos los años, en peregrinación, miles de salteños y personas venidas de otros lugares, en lo que constituye una de las manifestaciones de fe popular más importantes de todo el norte argentino.
Todos los golpes de Estado que se sucedieron en la Argentina a partir de 1930 se gestaron denunciando, dramáticamente, una crisis terminal del sistema institucional. Junto a tan sombrío diagnóstico, los grupos militares y civiles que los impulsaron se empeñaban en presentar esas rupturas como remedios únicos y extremos para curar una enfermedad que, al sobrepasar la esfera política, amenazaba extenderse a todo el cuerpo de la Nación.
Al igual que nuestras historias nacionales escritas entre finales de los siglos XIX y XX, las locales suelen replegarse sobre sí mismas. Por lo general, ellas están centradas y tienden a agotarse en la glorificación de un puñado de temas, escenarios, "próceres" y personajes notorios. Este es el caso de la historia escrita de la provincia argentina de Salta, en la cual el general Martín Miguel de Güemes (1785-1821) y el escritor Juan Carlos Dávalos (1886-1959) se reparten la memoria y la gloria. La militar aquél, la literaria éste.
Con Güemes la inagotable memoria conquista para el arte todas las formas de un sueño rebelde, haciendo pesar sobre la figura del héroe los infortunios de la creación y, el sentido de una realidad ajena a su estatura mítica. El hombre, Martín Miguel de Güemes, alcanza la dimensión de héroe por el justo grado de irrealidad que alcanza su vida. En la reproducción de su figura se refugia, a cambio, una forma de comprender el misterio de esa vida. A veces, como en el caso del Héroe Gaucho, la exaltación procura la formación de equívocos.
No hay dudas de que, para millones de argentinos, el 24 de marzo es una de las efemérides más tristes, por no decir de las más siniestras. Lo verdaderamente lamentable, sin embargo, no es que el actual gobierno argentino pretenda instituir a esta fecha como feriado nacional sino que el recuerdo de aquellos acontecimientos y el de los siete años de vergüenza que le siguieron, sean hoy la bandera de muchos de los que estuvieron del lado de los militares golpistas y silenciaron -cuando no aplaudieron- sus atrocidades.